El Vasco Otamendi

Una referencia indiscutible de la política. Claro que le tocó conducir un pueblo de dos mil almas durante tres períodos y la gente supo reconocer su don de gente, su disposición por el otro, su constante labor, su estar siempre ahí cuando la gente lo necesita. Lo conocimos cuando nos dio el terreno para construir nuestra casa de veraneo, la casa que hoy me alberga y de la que nadie podrá arrancarme con promesas o mejores horizontes.

Y ahí anda el Vasco, con la pala y los sauces y los espinillos, él punteando la tierra, plantando los árboles hacia el balneario. Él, gestionando el asfalto que nunca tuvo el pueblo; él, festejando con la gente la llegada del nuevo siglo en la cancha del club que identifica al pueblo.

 Y ahora verlo en su casita modesta, sin vehículo, sin ostentaciones, dejó todo, nada se llevó y, si eso alcanza, entonces el Vasco es el emblema del político, del hombre que dispone su vida en pos de los demás, aunque después no se lo reconozcan, le busquen el pelo en la leche, le cuestionen que se aleje de su mujer, que encuentre otra compañera que lo secunde, y se podrá decir carradas de pavadas, pero el Vasco les saca a todos leguas de dignidad  y coherencia, desde su farmacia un hombre conocido, respetado, de claras intenciones, no se le conocen agachadas, qué más se necesita para conducir a un pueblo,  de estos hombre necesitamos, de estos seres insustituibles  que no vienen  por docenas, no se venden en maples de huevos. Son elegidos y así lo tenemos, lástima que no lo pudimos despedir, lástima que demoramos esas visitas y la muerte nos los quitó antes.

Pero el Vasco merece más, mucho más que una semblanza de doscientas palabras. Es un hombre que quedará para siempre como símbolo de la honestidad, de estar pensando en la gente, de estar embanderado con las mejores ideas de los partidos políticos, de aquellos que están pensando en la felicidad de la gente y la grandeza de los pueblos. 

 

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