Ella no deja de lamentar el
haberse dejado llevar por el impulso, más específicamente por el alboroto
sexual que le causó la entrada de él en su vida y duda en dar marcha atrás. Él,
en cambio se ríe, se burla de ella. La remeda y la contradice, le dice que
ellos estaban predestinados desde el primer polvo que se echó sobre esta tierra
y ella se enoja, da inicio a una de las eternas peleas y su consiguiente
reconciliación en el sillón en la alfombra, en el asiento reclinado o en la
cama, donde sea.
Como ocurre con frecuencia, él
se encierra en el dormitorio de los niños que aún no han entrado en sus vidas,
y se queda con la Champions Liegue, ausente del mundo. Ella opta por el
televisor de la sala, allí tiene todo lo necesario para embarcarse en toda
serie romántica que le ofrezca Netflix y será uno o el otro el que rompa el
distanciamiento, ya se sabe, ella vuelve acaramelada, él con unos bríos
inaguantables y se zambullen en el dormitorio, un encuentro rápido, urgente,
como si se les acabará el tiempo y luego la cena y será otro día.
Si hubiera sabido, confiesa a
sus amigas, que era un ariano a ultranza no hubiera mezclado su piscis etéreo y
abierto. Y le adosa todo el complejo del
mundo animal entre los chinos, ella serpiente, él, cerdo, y está todo dicho,
concluye, pero no se lo puede sacar de la cabeza. Él es ciencia dura, no le
vengás con esos cuentos.
Él extraña los zapallitos
rellenos de su mamá, no importa lo que ella ese mediodía se haya esmerado en
preparar. Entonces lo agrede, le dice que es un mamero, que nunca crecerá, que
ya es hora de soltar la teta, que ella no necesita un niño si no un macho que
la dé vuelta y él, en lugar de enfurecerse, se larga a llorar. Entonces ella saca a relucir su instinto
maternal y lo toma de la cintura y lo arrastra hasta la cama o el sillón grande
del living. Allí se inicia el ciclo, caricias de consuelo, de descubrimiento de
esas partes ocultas, y de a poco se entrecruzan, se desnudan y acaban en un
amor que lo llaman platónico, porque no hubo consumación. Él se queda dormido y
si la vemos a ella, nos quedamos con su sonrisa triunfal.
Ella que hijos sí. Él que hijos
no, por ahora no, dice; pero ahora sí, busquemos, dale y ella saca de la mesa
de luz la caja de condones, infla uno, hasta que revienta, lo pincha, le da uno
a él y juegan, inflan, saltan en la cama, se acaban todos los condones, y se
sueltan, gana ella, salud reproductiva, sexo para parir, servicio de preñez, ni
alcanza a visita higiénica, sin pasión ni pulsión, aunque el juego resulta los
niños no aparecen.
En el restaurante, él se porta
insufrible con el mozo, protesta por la
sal o la parte cruda de la carne, ella
vegetariana y agua, discuten, violentan el viaje de retorno y desembocan sin
solución de continuidad en la cama y es el desenfreno. Después, él fuma y
promete la próxima vez tratar mejor al mozo.
Y el domingo le toca a él el
asado y ella que lo martiriza, le dice que su ex le hacía berenjenas napolitana
a la parrilla y él enfurece, le recuerda lo impecable de la ex suya, lo
previsible, el orden y ella que le arroja un plato, y vuela un pan, y la copa
se triza y alguno sale golpeado y corren al botiquín y los primeros auxilios
exagerados que concluyen con la atención integral del enfermero o enfermera,
según el resultado del combate, integral, desnuda al paciente y completa su
curación con una entrega sin reproches.
Ella nombra a esa mujer, la
admira, imita sus gestos, proyecta su voz y él se pone torpe, no le salen
palabras, insulta con los epítetos de odio con que se acostumbra a insultar a
esa mujer, y ella continúa hasta que él le muerde la boca, lastima un labio y
las bocas se ensamblan, se adhieren, se arrastran, caen como frutas en la
alfombra y es la gloria.
Si fuera por él la semana sería
esa rutina. La champions, los hijos, esa mujer, las berenjenas del ex, la
salida al restaurante, los zapallitos rellenos de mamá. Ella no, quiere cambiar
para que el resultado sea impredecible, experimentar hasta el paroxismo, va por
más, pero a la postre no le desagrada esa rutina.
Se la ve feliz. A él también.

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