Él y ella

Ella anda siempre con ropa colorida, polleras hindúes y peinetas rusas en el pelo. Y le da bronca que yo siga con mis remeras lisas, mis camperas de cuero, mis zapatos mocasines. Ella ocupa casi todo el placard, todas las perchas parecen llevar su nombre. Yo solo ocupo el cajón de abajo con medias y calzoncillos y un compartimento anexo donde cuelgo la campera y mis camisas. Además de los pantalones aristocráticos, así me los llama. Ella va a todos los recitales de rock que ocurran en la provincia. Y más lejos también. Va con sus amigas cortadas por la misma tijera, llevan sus consumos que, eso sí, jamás lo hizo ni lo hará delante de mí. En cambio, yo lo sigo a la Mona. Es una pelea constante. Que eso no es música sino cloaca humana y yo le digo que la suya es humo que adormece las conciencias. Votamos boletas contrarias. Mejor sería decir que jamás votamos por lo mismo, distintos pero diferentes, cerca pero no acollarados, dice ella. Le digo que sumemos y ella dice que eso se enseña en aritmética del primario. Que las sumas son cima, sumos y cenas, juega con las palabras como yo juego con las herramientas. Dice que es poeta, que la creatividad le brota por los poros y que se siente ignorada, que nadie repara en su potencial. Anda con las manos pulcras, con uñas de múltiples colores y no me permite tocarla cuando llego con las manos sucias de grasa, polvo y ferriti. Cuando habla de mí dice que su esposo es herrero artístico; me pondera como hacedor de obras inmortales; inventa herrajes de basílicas, de panteones, de teatros importantes. Y me obliga a ponderar su poesía. Se lo digo una y mil veces: No se entiende, no te entiendo. Y desde sus alturas cultas me retruca: a la poesía se la siente, no se la razona. No es como una tabla de posiciones de tus equipos de futbol y corta por lo sano.

Sus amigas hablan de comidas sin gluten, sin almidones, sin azúcares, con calorías vacías que hacen crecer la glucosa en la sangre; discuten de veganos, macrobióticos, comida orgánica y detestan las carnes rojas. Dicen que los que comemos asado somos animales. Yo todos los domingos hago mi asado con mollejas, chinchulines, tripa gorda, morcilla, costillas y ella come con la nariz fruncida. Tengo que poner una verdulería a la parrilla, que cebollines, que pimientos, papas, y, aunque parezca raro, es el único momento en que en la mesa coincidimos porque por ahí le pego un mordiscón a sus verduras.

Ella deplora los tonos con que pinté la casa. Me habla del Feng shui, de la ocupación consciente y de la armonía del espacio, del pastel en los dormitorios, de la serenidad del blanco y su influencia positiva sobre nosotros. Que todo fluya, como el agua de un arroyo. Yo le digo que no me gustan los blancos de los hospitales ni el enredo de los hippies. Y pinta mandalas y ornamentos pasteles con tintas al agua despojada de químicos y aditamentos cancerígenos.

Aunque no todo es contraste. Amamos por igual a nuestros hijos; vamos todos los santos domingos a misa; no discutimos delante de la familia y nos gusta viajar. Claro que yo quiero conocer el Maracaná y ella quiere ver el Cristo Redentor. Yo quiero conocer el Madison Square Garden y ella la quinta avenida y comprar toda la ropa de moda. En eso somos de respeto mutuo y nos va de maravillas, a pesar de los detallitos que nos distancian.

 

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