En la plaza

La palabra saldrá para poner un poco más de luz en los ánimos de los asistentes. Ya la noche avanzó y la luna se fue instalando en un lugar de privilegio. Es seguro que no quiere perderse ni una sola palabra del orador a quien lo viene viendo desde hace muchísimas décadas y es lo bueno que la savia joven que sueña con un mundo diferente lo cobije. Hubo marchas y conflictos antes de armar el palco desde donde hablará el hombre. Es que se mezclaban cánticos que molestaron a las autoridades, como si no se estuvieran yendo, como si aun conservaran algún poder como para silenciar las voces que saltan con los cuerpos al compás de consignas definitivas. El hombre aguarda que la muchedumbre haga silencio para iniciar su alocución. O quizás dijo las primeras palabras y surgió un griterío espontaneo, lleno de sueños tras la larga noche trágica que está llegando a su fin. Aguarda. Una fuente lumínica ilumina su perfil conocido de pancartas y carteles. Es como si sopesara el lenguaje, el discurso, la contundencia de una arenga. No es por miedo, ya a esta altura el hombre está jugado y va más allá de sí mismo. A su lado, un joven en manga de camisa demuestra la calidez de la noche y la edad de los que se han sumado al viejo luchador que viene a ofrecer su integridad por encima de diferencias generacionales, políticas o ideológicas.

Los cánticos se hacen regueros que circulan por la plaza. Ya pasaron varios oradores con su prédica intransigente. Los jóvenes que se incorporan a la vida política traen antiguas o perennes consignas que en la garganta de ellos resuenan como novísimas, y los más antiguos que desempolvaron los conceptos y se alinean en torno a este caudillo de traje y corbata que viene a ofrecer una propuesta diferente, más allá de las conocidas, de las que han dividido en dos a las preferencias de los votantes. Porque estamos en vísperas de una elección trascendental. Una elección que trae el retorno de la democracia. No hay tiempo para quedarse contando los ausentes. Hay muchos huecos invisibles entre la muchedumbre, hay pancartas con rostros jóvenes que piden que aparezcan; hay mujeres con pañuelos blancos en sus cabezas, hay un discreto dispositivo policial que asiste impávido, quizás sus integrantes se salgan de la vaina para hacer lo que saben hacer, lo que les mandan a hacer, pero este hombre los intimida. Un vozarrón que expresa la fortaleza de las convicciones.

Y quedó ahí, ya pasó esa noche memorable; no modificó significativamente la ecuación. La imagen, en tonos grises amarillentados por el tiempo quedó ahí como una promesa, como un sueño, que se fue diluyendo con la noche, se hizo oscuridad con estrellas y las luces se apagaron, buscaron otras caras, otras plazas y la palabra fue recogida, aunque dispersa, se fue diluyendo, se fue perdiendo hasta que unas cuantas décadas después volvió la voz, desde otra cara, con idéntico entusiasmo, aunque con dudas y precauciones y volvió una luna esplendorosa a iluminar el alma de los nuevos asistentes en otra plaza. Y otra historia empezará a escribirse desde esa noche también con curiosa luna, siguiendo los trazos escritos en aquella lejana noche cuando los nuevos sueños se echaron a rodar.


 

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