El Ernesto aparece con frecuencia en la memoria, porque puedo considerarlo como mi primer amigo en las sierras. Yo no sabía de discriminaciones; tal vez no tenía un criterio de elección de amigos o de juegos. Quizás debido al peregrinaje por distintas casas en distintos barrios y escuelas, casi todo en el límite de lo marginal, pero en aquel entonces los colegios eran dameros de clases sociales, los barrios eran lo que eran, no implantes de barrios residenciales o de un sector determinado o relocalizados. Por eso Ernesto, que era un criado de don Torres, criado a orillas del arroyo Achiras, conocedor de los mejores escondites de las palometas, de las perdices, de las palomas. Ahí me veo con Ernesto jugando a las bochas en las huellas frente al boliche, donde tantas tardes de sábado o domingo se juntaban los paisanos de la zona para la taba, las bochas, la ginebra, el canto. Fue el Ernesto quien me enseñó el juego de las bochas. Bochas hechas y derechas, eran las que tenía don Torres en el boliche y las prestaba cuando faltaban. Pequeño, aunque no esmirriado era el Ernesto, creo que no iba a la escuela. Tal vez lo consideraban un faltito. Un niño abandonado por su madre y así abandonado a toda suerte. El ayudaba como podía con tareas menores, como encerrar los animales del Tino, que oficiaba de tío, esperarnos con la olla cuando con el reparto de leche en la jardinera hacíamos la primera parada ahí, barrer con la escoba de jarilla el frente del boliche, o regar el piso de tierra interior. Nada más sé. Sí recuerdo sus disputas con los pericanos, una jauría humana que vivía del otro lado del arroyo y a quienes se les achacaban todas las fechorías de los alrededores. Yo me puse del bando del Ernesto, cómo no creerle si era mi amigo, y las veces que nos cruzábamos en los jarillales del arroyo, había un connato de guerra que no pasaba de unos cuantos hondazos al aire y el escupitajo de algún mote descalificador.
Nunca más lo
vi ni supe de su derrotero. Tampoco he querido averiguar, si acaso vive, si
está por la comarca achirense. Tal vez por el grande que lleva su nombre no
dejé que se perdiera en el olvido. Qué bueno es tener esos primeros amigos sin
más palabras que saber su nombre y compartir juegos y aventuras inocentes.

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