Final de la fiesta

Ya se habían ido todos. Contó, mentalmente, cuántos fueron los asistentes. Dieciocho, sumando los mellizos de su hermana. Se durmieron pronto los niños, apenas si probaron la comida. Después que sirvieron la torta les pidió que se fueran; era día de semana y había un acuerdo en el consorcio de cesar los ruidos a partir de las doce de la noche. Que no se preocuparan por el lío que quedó, les dijo. Le cantaron el feliz cumpleaños tomados todos de los meñiques mientras él pedía los tres deseos. Ya se había olvidado de lo que ocurrió; hizo una mueca de pensar profundo, cerró los ojos y no supo qué pedir, en serio que no tuvo deseos de pedir nada, o se turbó en ese instante, aunque mintió avisando a todos con un gesto que ya había formulado sus deseos.   Mientras llevaba las últimas copas a la mesada de mármol, justificó su actitud diciéndose que él no cree en esas cosas y que todo se obtiene con esfuerzo, más que con buenas intenciones. Desde hace un par de años vive solo, se ha quedado solo. Es un tema del que prefiere no hablar. Su última pareja, una muchacha morena, se marchó, sin gritos, sin dramas, como si cada cual encontraría pronto el mejor rumbo para su vida. Mañana devolvería las sillas que le pidió prestada a la vecina del frente y llevaría la vajilla que alquiló, completa, y que le pareció excesivo el costo. Una vez al año, se conformó, no me haré pobre por este gasto. Concentrado en la limpieza de la vajilla, en recoger los restos en los manteles, en jugar con la espuma del detergente en el fuentón azul, obsequio de su primera pareja quien le enseñó cómo se lava correctamente los platos mientras uno se divierte contando o cantando, fue repasando el transcurrir de la fiesta, desde la llegada del primero, José Luis, con un paquete de regalo que le pidió  que lo abriera cuando quedara solo en la casa, antes de dormir y que no olvidara de leer el mensaje que lo acompañaba. Le pareció, en ese momento, un gesto amable, diferente y llevó el regalo al dormitorio. Quiso apurar el trámite del lavado, algo lo urgía a romper el papel de regalo y abalanzarse sobre el contenido y leer ese mensaje intrigante. Se avergonzó de su intención, se sintió ridículo y siguió repasando la llegada de los asistentes. Él, en realidad, había invitado a su hermana, a su hermano mayor para reconciliarse luego de un año de no hablarse, a un primo que considera un hermano menor y el resto serían amigos y cercanos de la familia, que su hermana, la eterna organizadora de eventos familiares no quiso decir quién ni por qué, solo le dijo que serían cerca de veinte y que el menú ya estaba elegido, un servicio de lunch llevaría todo a las nueve de la noche y que había sido sufragado por todos los concurrentes. Que él solo debía abrir la puerta y festejar un año más de vida. En el repaso de los nombres se alegró de ver con su mujer a Alberto, su primer amigo de la infancia, al compañero más cercano del trabajo con su joven esposa, a una pareja homosexual vecina con la que frecuentaba tardes de cartas y tragos y películas. Su primo vino con su compañero de vida; su hermana invitó a su ex marido, el padre de los mellizos y le presento a Inés, su actual pareja. 

En la etapa de secado y separación de la vajilla alquilada siguió los momentos memorables de la noche; metió en una bolsa los manteles y las servilletas, cerró las bolsas de residuos y fue un largo rato de sonreír por las ocurrencias de la cena, la maravillosa voz cantante de Inés, la impulsora del karaoke, los malabares de mago de su hermano mayor, del abrazo  de reconciliación en el que se fundieron, de las travesuras de sus sobrinos hasta que quedaron rendidos y dormidos en el sillón; la comida estaba rica, la bebida impagable, los regalos útiles, como si lo conocieran. Y fue ahí cuando se detuvo. Primero con inquietud; con intriga. Cómo fue que hubo permanentes miradas con José Luis, como si se buscaran a lo largo de la cena. Y se sobresaltó al recordar cómo sintió la mano, el dedo menique de José Luis enlazado con el suyo. La inquietud se hizo indetenible. Tembló cuando le vinieron a la mente los cruces de gestos entre su hermana y José Luis, como si ella lo incitara a algo, y el nerviosismo final de José Luis al despedirse. Fue hasta el lavabo, se enjabonó, dejó correr el agua tibia por sus manos, se secó y entró al dormitorio. No le hizo falta romper el papel, sacar el regalo que lo sabía una excusa y encontrarse con el mensaje revelador. Sin leerlo, con los ojos cerrados, la hoja entre sus manos, imaginó cada una de sus palabras y supo que se aproximaba a la vida que desde siempre lo estaba esperando.

 

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