Cuando le dije a mi novia que podríamos venirnos a vivir a la casa se entusiasmó. Al fin y al cabo, llevamos un par de años en pareja aprovechando las idas de sus padres los fines de semana para instalarnos en su casa y tener nuestras relaciones día a día más intensas. No hablaré de eso ahora, aunque es posible que todo esté relacionado.
La casa llevaba varios años
deshabitada. Mi abuelo se la había comprado hace cincuenta años a un tipo
solitario. Allí vivió con mi abuela
hasta su muerte. Desde la partida de ellos entró en lo que se llama juicio
sucesorio, el ochenta por ciento de la casa es de mi madre, así que le propuse
conseguir algo de dinero para comprarle a un primo el veinte por ciento, y que
provisoriamente nos vendríamos a vivir con Graciela. A mi madre no le pareció
buena idea la de habitar la casa; me dijo que tiene muchos recuerdos vivos de
su madre, y que si bien vivió allí desde los diez hasta los veinte años nunca
pudo olvidarse del día que sintió que debía huir de ahí. Me reí, le dije que lo
que quería era irse con mi padre a revolcarse en otros colchones; no le gusta a
mi madre que le hable así, pero sonrió y me dijo que sí, que puede ser, pero
que había otra cosa que mejor la dejaba en el secreto, que tal vez era su
propia fantasía, o su loca imaginación. Cuando le comenté de esa charla a
Graciela se puso seria y se ofreció a hablar con mi madre, a preguntarle por
ese secreto. Yo, entusiasmado, con la mudanza, puse mano a la obra. Lo primero
que se me ocurrió fue desinfectarla. Ya saben, vienen con equipos fumigadores,
rocían techos, aberturas, grietas, el patio, dejan unas pastillas de humos en
las habitaciones cerradas y hay que volver recién a los tres días.
Ese fue el primer hecho
concreto de la casa. No puedo decir lo que fue entrar a la habitación de mis
abuelos, sobre todo esa habitación porque en las demás eran cadáveres de
arañas, abejorros, ratas, murciélagos, lo previsible en un techo de tirantes,
tejuelas y chapa. Lo llamativo fue que en el dormitorio de mi madre solo había
desparramados como mariposas transparentes, vaquitas de San Antonio y caracoles
blancos. Lo que quedó en el piso damero de la habitación de la abuela era un
cementerio de alimañas, alebrijes, culebras, insectos de pelambre enmarañada,
algunos aún se movían, gemían, hasta uno
se trepó por mi pantorrilla y alcancé a
sacármelo de un manotazo, lo aplasté en el piso, crujió, saltó un líquido
blancuzco que se estrelló en la pared donde tenía la cabecera la cama de mi
abuela. Por supuesto que nada le dije a Graciela. Limpié, junté en una bolsa de
consorcio negra kilos de cadáveres y me pregunté si acaso no sería necesaria
una nueva desinfección. Tendría que haberme dejado llevar por el impulso, pero ganó
el apuro por armar el nido. Cuando
Graciela me vino con la historia que le había contado mi madre no pude dar un
paso más. Le había contado que en su dormitorio, cuya ventana daba al patio
grande de los frutales casi todas las noches oía el llanto de un niño, la voz
de una madre que le cantaba el arrorró y que en las noches de viento, dejaba la
cama y se iba a dormir al living de entrada. Que sus padres le decían enferma,
que en el barrio no había niño alguno y que esa fue la razón de su partida.
Mamá tiene ahora sesenta años, dice que nunca más soñó con ese llanto ni ese
canto. Graciela se puso como loca, que ella no soportaría semejante escena. La
tranquilicé. Le dije de mi amistad con el cura de la iglesia de los Sagrados
Corazones, de acá a la vuelta, que le pediría un exorcismo, una oración por la
casa, que él sabría indicarme. Así fue, vino el Padre Leopoldo, entre agua
bendita y rezos, concluyó el exorcismo de la casa atormentada, así nos dijo y
que ya estaba bendecida, limpia, que sería un buen nido para el amor. Pagamos
el servicio eclesiástico, aunque Graciela no quedó plenamente tranquila. Ella,
a pesar de su carrera de geóloga cree en toda superstición, en cualquier
presagio que ande dando vueltas. Me dijo que en la facultad tienen un georradar,
que el profe es muy piola y que le
preguntaría si no quiere hacer un rastreo por la casa. A esa altura no me iba a
oponer. Vinieron los de la universidad, se fueron derecho al terreno cercano a
la ventana de la habitación de mi madre, sacaron palas y excavaron. A no más de
medio metro apareció el esqueleto de un ser humano de tamaño normal y como
envuelto en él un esqueleto de niño. El profesor dijo que era su obligación
retirarlo, estudiar su historia, y que si cabría haría la denuncia del caso. Se
fueron con los huesos a otra parte.
Graciela pareció tranquilizarse
hasta que apareció Gladys en nuestras vidas. Lo de esta mujer fue concluyente.
La materia puede llegar a ser polvo, por eso del polvo de dónde venimos y hacia
dónde vamos, pero el espíritu quedará flotando siempre, hay que hacer otros
trabajos. Me acordé de mi abuela Rafaela, cómo se reía de esas cosas, son
pamplinas, mijito, me decía, para incautar a los estúpidos. Me gustaba la
palabra incautar, me causaba gracia y nunca me atreví a preguntarle qué
significaba. Me le reí en la cara a la Gladys y se puso como loca. Que acá hay
que hacer un ritual de magia nagra, una macumba, expulsión de hechizos
antiguos, un trabajo espiritual de fondo, que hay que ir hasta los registros
hondos de los moradores de la casa, que literalmente es una casa embrujada, y
que ella tenía todos los oficios para recuperarla para la gente.
Todavía está Gladys con sus gurúes y chamanes.
Hace casi un año que se han instalado ahí. Me dicen que los espíritus malignos
se han arraigado en las paredes, que tarde o temprano nos ocurrirá una
desgracia, que tengamos paciencia.
Menos mal que es viernes,
mañana mis suegros se van a las sierras y nos dejan la casa.
Me da la impresión de que
Graciela se ha complotado con esta bruja y siento que bajé los brazos. No peleo
más por la casa, vine a ponerle este cartel de Se Vende, que sean otros los que
se entiendan con sus espíritus anclados.

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