Los pájaros huyeron hacia el monte. El aire se
llenó de muerte, se inundó de gases nauseabundos. La calle era desolación,
columnas de humo, escombros, despojos, las casas de los alrededores con las
puertas y ventanas voladas. Un asalto
sorpresivo. Ya cumplieron la misión, ahora ¿cuándo se irán?
Quedan
gritos aislados, agónicos, chispas que buscan el cielo, estruendos de
derrumbes, vidrios que se trizan, aromas de cloacas reventadas, un ataque inesperado
por la celeridad, por la crudeza. Tuve
que esquivar en el piso de la casa un reguero de cadáveres y alcanzar a
refugiarme en el canuto de las armas. Debajo del hueco del placard del
dormitorio pude soportar las ráfagas, los golpes rompiendo grifos e inodoros,
aguanté el vendaval.
La muerte acomete, me acorrala y no hay indicios
para salir, es necesario aferrarse a las cosas más sagradas, tratar de
entender, de conocer, la tribu de los indios y los metálicos, los bandos
inconciliables, una guerra sin cuartel en la que hemos quedado al medio, así,
como ocurre con todas las guerras, somos los inocentes los que al final nos
debemos comer los gastos y las muertes.
El olor a
pólvora es insoportable, siguen los estampidos y yo acá, me quedo aquí sentado
en el piso frio, con las piernas estiradas, esperando que todos cumplan las
ordenes de retirada, que si hacemos las cosas bien de a poco se restablecerá el
orden (así nos aleccionan), quién sabe, es posible que tengamos que vivir así y
para siempre.
Y aunque acá abajo el mundo se derrumba, la
vida continúa. Una gata gris encontró
también refugio en el hueco, hay como un recoveco, un martillo que debe
conducir al polvorín, vaya uno a saber, y la gata se ha arrinconado en el
cruce, me mira, está inquieta, maúlla lastimera, comparte conmigo el horror, me
acompaña, sus gritos son más agudos, rasca el suelo, gira sobre sí misma, se tumba, se levanta y veo cómo se estiliza,
me busca, viene a mí, se coloca entre mis piernas estiradas, hace allí un
ronroneo, gira, se recuesta y veo cómo asoma la cabecita de una cría. La madre
la libera de la bolsa, la lame para limpiarla y le corta el cordón umbilical con
los dientes.
Alumbro sus ojos, es un
fulgor de vida. La asisto en el parto,
acaricio su cabeza, se deja, me lame, no sé si me pide agua o alimento, pero
grita, se estremece y otra cabeza aparece, diez, veinte minutos después, no hay
registro de tiempo aquí.
Llegan a cinco en total, la
gata limpia a sus crías, dejo que haga su trabajo, me demuestra que sabe lo que
hace, que es consciente de traerlos a esta hora exactamente, limpio el entorno,
mis pantalones han quedado enrojecidos, saco una botella de mi mochila para
darle mi agua, la gata se enrosca, guarda sus crías debajo de su cuerpo, las
lame, comprueba que todas se están alimentando, se levanta y viene por el agua
en el cuenco de mi mano.
Son cinco. Dos de pelaje
gris como la madre, uno blanco, dos moteados ocres, los cinco prendidos de los
pezones se aferran a la vida, con la suavidad de la leche. Aun con los ojos
cerrados hay un flujo que se transmite, que adormece el odio, siento como que
toda ha acabado, que otra vez retorna el fluir de la existencia, aunque una
rotunda explosión desbarata mis sueños y me quedo acá, a acompañar a la gata
gris, tengo un motivo para sobreponerme.
Cierro los ojos, dormimos,
parece que dormimos, acaricio la suavidad del pelaje de la parturienta, no
quiero mover mis pies, alterar su cobijo, el mundo pasa por estos instantes
donde la vida renace así, nos da la oportunidad de que olvidemos por qué estamos
acá, quedemos pendientes del paso próximo de la gata. Tendré que buscarle un
nombre, hasta que encuentre el refugio para salvarnos. Acaso sobrevivamos los
siete, ya somos una multitud que espera que de una vez por todas las cosas de
la guerra acaben y sea solo lo bello lo que marca el ritmo de las horas.
La vida crece desde el
parto múltiple en el hueco, mientras afuera arrecia el fragor de lo insensato.

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