Tengo una mujer en la pared frente a mi cama. Una mujer gigante, de edad indefinida, puede tener mil años o cuarenta. No me deja ver su cara ni me dice por qué permanece ahí, impasible, amenazante. De qué debo temer, que ni sombras ni manchas ni fantasmas deberían atemorizarme, pero ella desde ahí me advierte que no me será fácil sacármela de encima, que no me será fácil sacarme de la vida a la mujer, que ella estará ahí, siempre, vigilante, que no me atreva a cruzar esa vía prohibida porque saltará desde ahí, desde su estar en apariencia plácidamente sentada para tomarme del cuello y asfixiarme, como sofocan los amores inalcanzables. De día se mimetiza entre los rastros luminosos que penetran por la ventana desde el amanecer, pero al llegar la noche, al estirarme en la cama, levantar la vista y encontrarme con ella me sacude el miedo, tiemblo, siento que una amenaza indecible me acosa, que no me dejará en paz, que estará ahí aunque parezca una mujer paciente sentada en las sala de espera del consultorio del dentista o en la silla del lado de la cama del moribundo, ella es una explosión, es un gatillo a punto de ser pulsado, un dispositivo para cazar la rata. Si una noche es terror, la siguiente será angustia, luego vendrán las ganas de morir, de irnos de la vida que se torna insoportable, ella viene a decirme que nada es gratuito, que no me las llevaré de arriba. Bastaría para sacarla de mi vida un gesto como el borrar de los ojos un mal recuerdo, pero apenas intento levantar un cuchillo para acribillar su costado el cuchillo gira, apunta a mi pecho la mano sufre un temblor, y el arma mortal cae, suena en el piso y parece que ella se mueve del asiento, relaja sus músculos y me señala con el dedo.
Ella
tiene que permanecer sentada porque si extiende toda su estatura romperá el
techo y desde el cielo caerán los escombros que me sepultarán y seré yo el
culpable de mi muerte porque quién soy yo para provocar su ira, verla erguirse
y poner el mundo en explosión.
La
mano me pide una brocha, un puñado de tinta
arrojada al cuerpo de la mujer,
para matarla, descuartizarla ladrillo a ladrillo, aun a sabiendas de que
ella renacerá de los escombros, volverá a sentarse ahí, inmutable, que me
advierte que no tengo salvación, que uno
debe prosternarse ante la imagen, que por primera vez y para siempre tendré que
arrodillarme frente a ella, humillarme, ver cómo caen gotas de sangre de sus
ojos, cómo lloran rojos de ira y destila por ahí el odio que quiere inocularme
su poder fatídico dominante.
Debo
estar loco debo estar del otro lado de la razón no es posible que me esté
pasando esto cómo hago para decirles que vengan a ayudarme qué harán porque
nadie creerá en mí porque ella tiene el poder o el don de ocultarse detrás de
una mancha de humedad una forma sutil de nube tormentosa un halo de quietud
amenazante en el límite de la cordura ahí debo detenerme porque del otro lado
el mundo se hace indescifrable.
Me
prosterno, rezo, que nadie me vea, que es privadísimo, secreto, quedará acá
entre estas cuatro paredes ya acaba, ya la dejo, ahí, hasta más tarde, hasta la
noche próxima, ella como un ícono, como una efigie, como una señal me dice que
no tendré salvación que no la podré sacar de mi vista y que andará ahí
pisándome los talones observando cada paso que doy, cada acción, cada
pensamiento, porque ya entró en mí y solo saldrá cuando mi corazón deje de
latir.
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