Las naves verdes

–Sí, vimos naves verdes en la noche, junto al camino, antes de llegar a las primeras estribaciones del cordón serrano –dije, y el guía, el futuro guía, me miró, sonrió.

–Tengo algo para vos –me dijo–, cuando vos quieras avisame y te llevaré a un lugar que te va a gustar.

Lo sabía chistoso, más aún, guionista de teatro callejero y actor, charlatán, pero así y todo licenciado en geografía, con una ascendencia extraordinaria entre los jóvenes, y si a eso le sumamos su ser bombero, guía turística y profesor de tenis, tenemos un personaje. Pero no es de él que quería hablar. 

Cuando comenté, varios de los míos se entusiasmaron. Él iría con su madre y su novia, yo iría con mi mujer y un par de hijos.

–Lleven abrigo, que a la noche se pondrá muy frío –nos advirtió el guía.

Era febrero, o enero, pleno verano, él sabría como buen geógrafo.

Llegamos recién amanecidos hasta un puesto, dejamos los vehículos y nos adentramos en una larga caminata hacia las entrañas del morro. Un hueco profundo, una caries enorme en el corazón del cerro nos fue atrayendo, mientras caminábamos sobre piedras blandas.

–Es la lava de la última erupción –nos aleccionó.

Mi hija menor se asustó.

–¿Cuándo ocurrió la erupción, puede despertarse ahora? –preguntó sostenida de mi brazo.

El guía se detuvo, pensó y dijo:

–Hace exactamente un millón doscientos mil años, cuatro meses y tres días que no erupciona, pero... quién sabe.

Distendidos, continuamos hacia lo hondo ya con cierta expectativa.

–Hay un refugio –nos dijo el guía–, vaya uno a saber si aún se conserva.

Y estaba, derruido, pero era un albergue. La vegetación achaparrada, algún espinillo seco, restos de bostas de caballo y vaca, pasto bravo que fuimos acumulando para el fogón de la noche. Pernoctaríamos ahí y a medida que el sol, a las seis de la tarde, se fue perdiendo, apuramos la juntada de leñitas y guano, encendimos la fogata y desplegamos la cena prometida.

En la búsqueda encontré un hilo de agua entre la lava cubierta de verdín, con peces celestes que recorrían un escenario natural con la serenidad de quien sabe que no corre peligro alguno, como si estuvieran protegidos por una fuerza enorme. Lo cierto es que apenas quise atrapar a uno de ellos, fue un desaparecer al instante peces, el moroso hilo de agua, su cauce o grieta como si nunca hubiera existido ahí una corriente.

No serían las ocho de la noche cuando la oscuridad se hizo total. Oscuridad iluminada por un millón de estrellas, jamás habíamos visto semejante cantidad, nunca más pudimos ver tantas luces furtivas en el cielo, miles de estrellas errantes, absortos, olvidados de nosotros, del frío, de la noche, las estrellas caían en el hueco del morro, encendían pequeñas fogatas que un viento feroz apagaba al instante. Ese espectáculo nos fue absorbiendo hasta que se desató el aterrizaje de las naves. Antes de eso, el guía nos aleccionó sobre el poder del vértice del triángulo energético. Nos señaló un mapa en una hoja de cuaderno Gloria, los otros dos puntos del triángulo, cerros conocidos, con restos rupestres en uno, con metales preciosos en el otro, y entonces nos conectó a las naves verdes de aquella noche.

Salió la luna, mejor aún, la luna espió desde el brocal del morro a esos puntos móviles en el fondo, la luna hizo día a la noche, puso sombras y corrió un viento suave, primero, luego fue un aullido y el miedo, la sorpresa, la curiosidad nos paralizó. Fue entonces que entre la luna y el millón de estrellas se interpuso una nube calma, espesa, cubrió el brocal de cielo y una formación de naves verdes nos ofreció un espectáculo de cabriolas y figuras, apenas unos segundos, nos miramos, supimos que había ocurrido algo que jamás podríamos contar sin que despertáramos sospechas de embusteros. 

Han pasado muchos años y siempre queda la posibilidad de volver. Ya el guía habrá perdido su energía, no nosotros. Tendremos que ver si las segundas partes son tan buenas como las primeras.

Quizás mis rodillas no me permitan lanzarme ahora a la aventura del llegar hasta el refugio. Quizás nunca existió el refugio y quedamos envueltos en el relato del guía, al fin de cuenta, un buen comediante.

 

 

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