Las peras de la Ñata

En el rancho de la Ñata, un poco más atrás del pozo del agua, estaba el cuadro cercado con alambres donde crecían los frutales. Habría cinco o seis, entre manzanos, durazneros, algún ciruelo, un peral común y otro peral, más bajo, más tupido que daba unas peras pequeñas, casi redondas, de un color amarillo crema y con un sabor inigualable. Nunca antes ni después comí ni vi una pera así.  Consultadas las enciclopedias nos encontramos con decenas de variedades, aunque ninguna le da en el clavo a esta pera redondeada, crema, de un sabor dulce, jugosa que nunca pude ver en verdulería o en quintas de frutales. Maduraría en enero, febrero y era increíble que creciera una pera dulzona, apetecible en ese espacio de descuido y desorden.  Quién la trajo, cuál es su origen quedará en la incógnita. Bastaría con decir que, dentro del rancho, teníamos una cocina comedor adelante y dos habitaciones hacia los costados, donde de solo recordarlas me comienza una picazón en el cuero cabelludo. Eran tantos los piojos y piojillos porque las gallinas, los gansos y los patos, que andaban sueltos por el patio, se metían adentro de la casa, aunque el gallinero se levantaba detrás de la ventanita de la cocina. Y ni hablemos de la sarna que algún año se nos pegó.

—¿Sarnilla? —preguntaba la Coca, con ironía—. Eso es sarna más grande que una casa.

El excusado estaba a varios metros de la casa y una jauría de perros y gatos se entremezclaban con terneros que cruzaban los alambres, algún chancho mamón y máquinas de campo arrumbadas, olvidadas entre los yuyales. Ese olor característico del humo de la leña de la cocina económica, o del brasero que siempre estaba prendido, con los vahos de los excrementos del gallinero, los efluvios del baño, el agua podrida que salía hacia atrás desde la canilla de la cocina, entre sapos, calas y verdines. Varios álamos y eucaliptus rodeaban la casa. Es de verlo al finado Jaime arrastrando su pierna mala, ausente en su mundo, con esa sonrisa instalada yendo de aquí para allá ante la indiferencia de ese mundo de mujeres para quienes ya se había convertido en un estorbo. Alguna vez, hacía el norte del terreno, se sembraron sandías y melones, que crecieron ariscas y descuidadas. Es que siguiendo un poco más allá estaba la casa del gringo Rivarola, casado con la chinita mayor de la Ñata. Era de ver el contraste cuando uno llegaba a esa casa. A la entrada, el malacate sacando agua para el bebedero de los animales y llevando por cañerías el agua a toda la casa. Más allá, sobre los techos de chapa, el molinito de viento generador de electricidad para disfrutar de esas bombitas luminosas en las grandes habitaciones que, aunque no tuvieran la intensidad de los soles de noche de los otros ranchos, le daba un aire de modernidad, de parecido a lo que uno vivía en la ciudad. Todo esto para rememorar las peras manzanas, color cáscara de banana, inolvidables, de la quinta en el rancho de la Ñata.

 

 

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