Los de la casa

 

La ventana deja que entre la luz e ilumine las cosas. Desde que se fueron los moradores de la casa nadie puso un pie en lo que ahora es una alfombra verde. De la ventana aun cuelgan los cortinados que daban intimidad a los amantes. Un rayo se estremece contra la pantalla del televisor que quedó ahí, sin abrir más la boca. La semilla o pepita de limón o de naranja cayó un invierno en el piso y en la transpiración de los vidrios encontró el agua para que nacieran sus hojas y fructificara en alguna primavera. A esta altura del verano la planta amenaza con expandirse por la habitación, llenar los espacios que antes ocupaban las suelas de los zapatos de los habitantes de la casa. Ya han crecido otros brotes en torno a la primera planta, apuran su crecimiento mientras en el piso la gramilla va sofocando las baldosas porque la naturaleza es impiadosa con el descuido.

 Un marco para mosquitos se desintegra con los años apoyado con cariño en uno de los sillones de pana donde el matrimonio se sentaba frente a la pantalla ante las maravillas que podrían verse en las campiñas de los países adelantados. En ellos descansan todavía los sueños del matrimonio. Esos sillones, además, tienen un respaldar apropiado para la lectura. Allí podrían pasar las horas, con un codo apoyado en su mullido posa brazos con un libro al aire y en la otra mano fumando un puro que le vendría en el buque desde otro lado del mar, especialmente traído desde el tabacal más famoso.

Desde ahí, mientras miraban las series de televisión construían un futuro de hijos que nunca fue posible, y fue el tiempo el que se encargó de poner su pátina como para que a nadie le quedaran dudas de que se trataba del corazón de la casa. Hay un radiante que se salvó del fuego, un radiante de calor que entibiaba las noches de amor del matrimonio, con eso pasaban los inviernos porque en ese lugar, en esa latitud era imposible sobrellevar una noche sin un aparato que templara el aire, que expulsara el frío, porque los acolchados de plumas de ganso y de otras variedades de pájaros apenas les alcanzaba para cubrir sus partes, que no el aire disperso entre las cuatro paredes de la habitación. La banqueta de esterillas no conserva la ropa que depositaban antes de irse a la cama.

Que no fue el fuego que quema o achicharra las ollas, no. Fue el fuego del tedio, porque a los señores de la casa se los veía siempre con la sonrisa en la cara, ellos andaban así por la vida hasta que la mueca se les cayó, pegó en el suelo, se hizo trizas y desde ahí que no salieron más que los niños les tiraban piedras a los techos de cinc y se reían del matrimonio que ahora tenían una mueca de ausencia, como si ya hubieran traspasado el umbral de la cordura.

Todo tiene la quietud del abandono, de lo que se dejó de un día para otro, que hubo una discusión entre los moradores y quedó la ventana abierta, para curiosidad de los vecinos. Dicen que era un matrimonio que vivía apurado. Él daba pasos largos por la vereda y se perdía antes de las ocho de la mañana en la esquina. Volvía ya anochecido. Cuentan que hubo un hombre que periódicamente venía a la hora del almuerzo, que se iba antes de que retornara el hombre de la casa, dicen que fue la vez que vino antes el hombre de los pasos largos y hubo gritos y golpes, y una puerta que se cerró con estrépito y después hubo habladurías, nada se puede decir desde las cosas que quedaron en la casa. Nadie ha vuelto a pisar sus habitaciones. El polvo cae desde el aire sucio, enturbia los objetos, una capa de olvido se apropió del lugar y no hay manera de salvarlo.  No quedan rastros de juegos de niños, ni juguetes, ni rayones en las paredes porque nunca hubo niños en la casa, se los buscó, pero no llegaron y eso puede ser otra de las causas, aunque solo el personaje que tomó la foto tiene el depósito de la verdad.

 La ventana deja que entre la luz e ilumine las cosas. Desde que se fueron los moradores de la casa nadie puso un pie en lo que ahora es una alfombra verde. De la ventana aun cuelgan los cortinados que daban intimidad a los amantes. Un rayo se estremece contra la pantalla del televisor que quedó ahí, sin abrir más la boca. La semilla o pepita de limón o de naranja cayó un invierno en el piso y en la transpiración de los vidrios encontró el agua para que nacieran sus hojas y fructificara en alguna primavera. A esta altura del verano la planta amenaza con expandirse por la habitación, llenar los espacios que antes ocupaban las suelas de los zapatos de los habitantes de la casa. Ya han crecido otros brotes en torno a la primera planta, apuran su crecimiento mientras en el piso la gramilla va sofocando las baldosas porque la naturaleza es impiadosa con el descuido.

 Un marco para mosquitos se desintegra con los años apoyado con cariño en uno de los sillones de pana donde el matrimonio se sentaba frente a la pantalla ante las maravillas que podrían verse en las campiñas de los países adelantados. En ellos descansan todavía los sueños del matrimonio. Esos sillones, además, tienen un respaldar apropiado para la lectura. Allí podrían pasar las horas, con un codo apoyado en su mullido posa brazos con un libro al aire y en la otra mano fumando un puro que le vendría en el buque desde otro lado del mar, especialmente traído desde el tabacal más famoso.

Desde ahí, mientras miraban las series de televisión construían un futuro de hijos que nunca fue posible, y fue el tiempo el que se encargó de poner su pátina como para que a nadie le quedaran dudas de que se trataba del corazón de la casa. Hay un radiante que se salvó del fuego, un radiante de calor que entibiaba las noches de amor del matrimonio, con eso pasaban los inviernos porque en ese lugar, en esa latitud era imposible sobrellevar una noche sin un aparato que templara el aire, que expulsara el frío, porque los acolchados de plumas de ganso y de otras variedades de pájaros apenas les alcanzaba para cubrir sus partes, que no el aire disperso entre las cuatro paredes de la habitación. La banqueta de esterillas no conserva la ropa que depositaban antes de irse a la cama.

Que no fue el fuego que quema o achicharra las ollas, no. Fue el fuego del tedio, porque a los señores de la casa se los veía siempre con la sonrisa en la cara, ellos andaban así por la vida hasta que la mueca se les cayó, pegó en el suelo, se hizo trizas y desde ahí que no salieron más que los niños les tiraban piedras a los techos de cinc y se reían del matrimonio que ahora tenían una mueca de ausencia, como si ya hubieran traspasado el umbral de la cordura.

Todo tiene la quietud del abandono, de lo que se dejó de un día para otro, que hubo una discusión entre los moradores y quedó la ventana abierta, para curiosidad de los vecinos. Dicen que era un matrimonio que vivía apurado. Él daba pasos largos por la vereda y se perdía antes de las ocho de la mañana en la esquina. Volvía ya anochecido. Cuentan que hubo un hombre que periódicamente venía a la hora del almuerzo, que se iba antes de que retornara el hombre de la casa, dicen que fue la vez que vino antes el hombre de los pasos largos y hubo gritos y golpes, y una puerta que se cerró con estrépito y después hubo habladurías, nada se puede decir desde las cosas que quedaron en la casa. Nadie ha vuelto a pisar sus habitaciones. El polvo cae desde el aire sucio, enturbia los objetos, una capa de olvido se apropió del lugar y no hay manera de salvarlo.  No quedan rastros de juegos de niños, ni juguetes, ni rayones en las paredes porque nunca hubo niños en la casa, se los buscó, pero no llegaron y eso puede ser otra de las causas, aunque solo el personaje que tomó la foto tiene el depósito de la verdad.

 

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