Los
marsupiales me tienen hartos, qué me importan si son tal o cual, canguro o
rata, no tengo nada que ver con esos bichos y con ningún bicho vivo, parlante,
móvil o sonoro del mundo, capaz que esa sea la sensación de estar en el cajón
extendido aguardando la llegada de los gusanos que viene por su presa.
Maldigo
la hora que se me ocurrió aceptar la casa de Manuel en este pueblo perdido del
mapa, cómo no se nos ocurrió averiguar algo, cómo era, qué había, si tenían
señal de wifi. —Tenés de todo lo que necesitás para reencontrarte vos y tu
mujer —me dijo cuando me dio la llave—, que mucho lo necesitan, para qué
estamos los amigos. No hace falta que llevés nada, apenas la ropa. Tenés libros interesantes, ya vas a ver y por
las dudas hay un televisor, pero seguro que no tendrán tiempo ni para
encenderlo.
Sí,
desde anteayer que estamos y ni señal de wifi y estuvo lindo, nos
desenchufamos, tenía razón Manuel, y aguantamos hasta hoy. Encendí el Philco de
20 pulgadas, viejísimo, pura raya, pura pantalla azul, y ruidos y qué bueno el
ruido para mis acúfenos odiosos, el famoso sonido blanco que los atempera, los
envuelve, pero Mariela no lo soporta, así que bajo el sonido y el tinnitus
retorna, crece en intensidad, sube su volumen hasta romper el silencio, hasta
que el silencio se transforma en el filo de un cuchillo que raya el plato de
loza, chirrían los dientes, me saca de quicio. y ahí me acordé de la antena.
—Fijate
si la antena está bien orientada—, me recomendó Manuel.
Yo pensaba en otra cosa, nos amaríamos con
Mariela hasta morir. Qué pasó, no lo sé.
La antena está caída sobre el techo de chapas, ojalá lloviera, cayera
piedras, bigornias, que nos saque del silencio, qué romántico debe ser hacer el
amor bajo el ruido brutal de las piedras sobre el techo de chapas. Pero no, ni
lluvia, ni pájaros, es una desolación total o es la desolación que se nos ha
metido en el cuerpo, que nos ha ganado la partida. La promocionada cabaña de mi
amigo resultó ser una pieza precaria con baño externo, un calefón a leña, sin
una... bueno, no puedo ser tan desagradecido, Manuel nos la ofreció con amor.
Libros interesantes le llama al único libro que hay en la casa: “Los
marsupiales en peligro de extinción”.
Con un
mazo español, ajado, sucio, incompleto, llego al intento cuadragésimo en el
solitario; no hay caso, dejo el mazo en su lugar. Por su estado deplorable es
posible que haya sido el deleite de muchos solitarios.
Mariela
está tirada en la cama grande. No sé si mira las rayas horizontales de la tele o
estará revolviéndose en alguno de sus traumas o desvaríos. La veo desde la
camita turca donde estoy sentado, leyendo el libro sobre los marsupiales.
Mariela
se estira, como si toda la fiaca del mundo se le hubiera alojado en su cuerpo,
bosteza exagerada, dos, tres veces seguidas y desde una boca dormida me
pregunta si no tengo ganas de acompañarla hasta el pueblo a comprar una
gaseosa. Me parece que no nos ha quedado nada de comida, dice sin tono, sin
alarma. Le contestó que no tengo ganas, le invento la excusa de los
marsupiales. Le cuento. Parece interesada en mi relato, pero veo que cierra los
ojos y yo la conozco, se quedará dormida de inmediato, sean las cinco de la
tarde o las once de la mañana, como ahora.
Faltan
un par de horas para que almorcemos. Parece que las horas no pasaran más, el
tiempo está detenido como está ese reloj horrible de pared. Qué le habrá visto
de lindo el Manuel para colgarlo ahí.
Me
toca resolver el almuerzo y no me dan ganas de inventar nada. Prometeré ir más
tarde al pueblo y para la cena le haré unos homelets de jamón y queso que eran
mi especialidad antes de aquello, bueno, antes de aquello no hubiera estado
como ahora sin atinar a dar un paso importante, más ahora que lo único que me
inquieta son los ronquidos de Mariela, no los tolero, me sacan del dial, me
tendré que ir afuera, cerrar la puerta, ponerme tapones en los oídos y aun así
el taladrante sonido saldrá por los resquicios, tal vez si ahora estuviéramos
en nuestro departamento de la avenida
los ruidos de la calle taparían esta tortura, pero no, acá en esta cabaña del
culo del mundo ni perros se escuchan, no
vuela una mosca, y antes de aquello me gustaba el silencio, ahora se me instala
como una fuerza indetenible, se me mete y actúa, hace callar los movimientos,
me paraliza, me sumerjo en el mar de los recuerdos y ahí me quedo, esqueleto,
qué le puedo pedir a Mariela, si desde aquello a ella le pasa lo mismo, por eso
ronca tanto, como si lo hiciera a propósito para no escuchar el rugir de sus
pensamientos oscuros.
Ojalá
que viniera un tifón, un emboscado, un niño.
Será
acaso que la vida nos ha traído al marsupio acogedor para ver si de una vez por
todas pegamos el salto y salimos armados a la vida, pero no, no es por ahí la
cosa.
Que al
final la cosa no pasa por el afuera, es igual, es de adentro la cosa.

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