Los mentolados de la Coca

Andaría por los ocho, nueve años, de pantalones cortos y en la libertad de una quinta a las afueras de la ciudad.

Un día de verano la Coca y su prima Nena compraron los cigarrillos mentolados. No estaba mi padre. Habría viajado acompañando a la barra de los Dadone y Castagno en los asentamientos de las nuevas unidades de la TUS. Seguramente que fantasearé con el recuerdo. La veo a mi madre haciendo una travesura de niños. Era joven, treinta y cinco años, la Nena unos cuantos menos. La Coca aspiraba el humo y tosía, se reían y es posible que haya sido la única vez que prendieron un cigarrillo.  Sentadas en el porche de la casa quinta frente al Autódromo festejaban la gracia. Mi padre seguramente le habría prohibido fumar a la Coca. Según él fumó de joven hasta que un dolor de cabeza producto del cigarrillo le hizo jurar que nunca en su vida volvería a fumar y por eso fue severo con cada uno de nosotros y fue por eso que nadie se atrevió a fumar delante de él. Esa es otra historia.  Es posible, estamos casi seguros de que los cigarrillos hayan sido los Virginia Slim, mentolados, largos, con un filtro considerable. Quién tomó la decisión de comprarlos, quién fue, es incógnita; posiblemente haya sido la Nena, más atrevida, aun soltera, un poco más de veinte años.

Nosotros, con Oscar, seguramente les sacamos a hurtadillas un par de ellos y nos fuimos bien lejos, al fondo del predio de la quinta, donde estaban los frutales. Y fue debajo de los durazneros de los frutos chatos, duraznos sabrosos que nunca más comimos algo parecido, a dar nuestras pitadas virginales. En ese entonces, nuestros hobbies eran, entre otros como  las chapitas de gaseosas, coleccionar etiquetas de cigarrillos. Las buscábamos, sobre todo después de los remates ferias, entre los corrales y la pista de exposición y venta, alrededor del predio. Era una delicia encontrar etiquetas desconocidas. Las había difíciles, como las figuritas de los álbumes de fútbol. Vienen a mi memoria los Clifton, los Camell, Colorados, Chesterfield, Derbi, Imparciales, Particulares, Los San Diego… coronita grande y … coronita chica. Los alisábamos como billetes y eran un tesoro extraordinario. Iban a la par de la colección de tapitas de gaseosas: La Nora, la Bidú, la Crush, la Villavicencio, cervezas varias, la Old Colony. Bueno, habrá que rastrear en la memoria, estar atento a cuando aparezcan porque esas colecciones fueron los primeros desafíos de la niñez.

Creo que  la Coca y la Nena fumaron un par y ahí dejaron. No era para ellas, y tampoco para nosotros. De alguna manera conquistamos la etiqueta de Virginia Slim y fue a parar al álbum con las demás etiquetas. Esa, claro, tendrá siempre el valor de haber sido la causal de nuestra primera pitada de tabaco, niños de siete u ocho años, ausentes de su peligro y la adicción  que produce, difícil de extirpar.

 

 

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