Los santos difuntos


 

Cada dos de noviembre salíamos de casa con nuestra madre rumbo al cementerio. Desde días anteriores la familia había recogido flores del patio, o de jardines vecinos. La más solemne y generosa eran las blancas calas que en toda casa, en los desagües de las cocinas en los patios crecían durante todo el año. Mi padre no nos acompañaba, él no profesaba estos ritos ni creía en esas cosas, a contrapelo de lo que hacían casi todos los vecinos y el resto de la extendida familia paterna y materna.

Fuimos aprendiendo desde niños que en el calendario había días que eran distintos a los demás. En esos días no había clases en la escuela. Eran días feriados, por la Patria, por la Independencia, por las Pascuas, por el Libertador, por Navidad y Año Nuevo. Y aun hoy esos días mal que mal siguen siendo feriados, aunque su celebración haya tomado senderos insospechados, todos contaminados con otros intereses que ni vale la pena describirlos.

Pero no es de alguno de estos días que uno quisiera referirse con morosidad de palabras, sino uno que es posible que, para la inmensa mayoría de los habitantes de este suelo patrio, o provincial, o ciudadano, no les despierte ni un asomo de interés y desconozcan por completo.

Caminaríamos hasta la plaza central y desde ahí en el colectivo urbano rumbearíamos por la calle Buenos Aires hacia el este. Hacia los pinos, se le decía metafóricamente al rumbo hacia el cementerio, sinónimo de muerte. Eran unidades de transporte repletas de deudos, con sus ramos floridos, su vestimenta pulcra, oscura, de duelo. A lo largo de la ancha calle cientos de puestos de flores, puestos comerciales con flores que venían desde latitudes y regiones insospechadas y veíamos desde las ventanillas el fluir de gente caminando a paso lento hacia el final de la calle. En la entrada imponente del Cementerio la multitud abigarrada soportaba las largas colas para entrar por tandas porque aun cuando los pasillos y calles interiores y los pabellones eran anchos, no cabía un alfiler. Nos quedamos con el olor de los ramos de flores, un olor que suele volvernos cuando pasamos frente a alguna florería que, también han tenido con los años profundas transformaciones.

 El recorrido era el de todos los años: los abuelos fallecidos, un primo niño, un pariente querido recientemente fallecido, el paso por tumbas emblemáticas, la Florencita, y los panteones solemnes de las familias adineradas. Era respeto, aun cuando uno no lo captaba o discernía, comprendía o advertía que la muerte era distinta para unos y para otros. Por algo mi madre reservaba las menos vistosas, las más comunes, margaritas o dalias de cualquier patio cuando llegaba el turno de llevar las flores al espacio de las tumbas en la tierra.

Casi que sabíamos de memoria la distribución en la lápida del nombre completo y la fecha de nacimiento y muerte de un abuelo, su fotografía en un marco oval vidriado, alguna cruz y los jarrones y floreros de bronce labrado donde sacábamos el vaso largo de metal gris, tirábamos las flores y el agua podrida, y reponíamos el adorno floral que debía durar hasta la próxima visita.

Y en esos corredores de baldosas o arena recorríamos las tumbas emblemáticas o volvíamos a deslumbrarnos con la artística construcción de algunos panteones de familiar de estirpe. Entre los caminos diversas esculturas de mármol, sobrias e imponentes compitiendo en belleza con muchas de las obras de arte labradas en los frontispicios de los panteones famosos.

 Siempre había alguna referencia a hechos de asombro, como una tumba abierta, sombras escurridizas y ayes de dolor o auxilio. Quizás eso ayudaba al silencio respetuoso y a tener los ojos y los oídos alertas cuando las últimas flores quedaban depositadas en una tumba, en un nicho del pabellón o en la tierra e iniciábamos en el recorrido habitual de despedida.

Un paseo en silencio, imitando en los rezos a nuestra madre, ayudando a cambiar el agua de los floreros, arrojar las flores marchitas en los tachos rebosantes de desechos. Y en silencio dejábamos el cementerio con ese andar respetuoso de quien se aleja de los seres queridos.

Hace un año volvimos al cementerio.

La imagen que se nos viene es la de un arroyo serrano que sin que medie una sequía prolongada o un desvío en su curso, o cualquier razón que sea visible, se va quedando sin agua, un lecho de piedra y lenguas de agua que terminan por irse y los yuyos y los nidos se apropian del lugar.

Solo un puesto de venta de flores plásticas en el acceso, flores y adornos antiguos, placas sin bronces y, en completo abandono, la antigua solemnidad de los panteones de la sociedad de alcurnia. Ahora convertidos en dormitorios de palomas, urracas y destrozos de placas y ataúdes. Ni hablar del espectáculo de abandono total de los muertos que descansan en la tierra. Los pabellones de las distintas sociedades atiborrados, descoloridos, vacíos de gente, con olores nauseabundos, olor de la muerte putrefacta, olor de miseria y olvido.

Quisimos hacer el ritual, el recorrido de nuestros muertos. La memoria jugó su papel atroz y no hubo manera de acertar con alguno, ni siquiera con los que enterramos en las últimas décadas. Quizás sea la aceptación de que lo viejo y lo muerto ya no tienen quien los rescate, al menos en estas latitudes porque aunque nos gustaría romantizar a otros pueblos que conservan sus tradiciones, mejor es cerrar los ojos y quedarnos con esos perfumes frescos de flores recién cortadas yendo en colectivo, tomados de los pasamanos de los asientos, acompañando a mamá, ella una diosa enhiesta, altiva, con gestos duros de respeto por sus santos difuntos y nosotros, sus hijos primeros guardando para siempre ese ritual de cada dos de noviembre.

Fue uno de los rituales más sentidos en nuestra familia: la visita a los muertos y la renovación de las flores y los rezos cada 2 de noviembre; un paseo introspectivo y solemne, guiados por la tradición católica, rogando por las almas de nuestros difuntos en el purgatorio. Día de los fieles difuntos, la muerte era apenas un paso más en la vida, no su ausencia definitiva.

Comentarios