–La pucha que hace frío —dice el
gordo que está meando en el mingitorio del fondo.
—Sí, se vino el invierno
—contesta, de comedido, el muchacho de la pierna enyesada.
—Pero recién estamos en mayo. ¿Te
imaginás lo que va a ser junio? Mamita, menos mal que yo viajo con calefacción
y solo me bajo para cargar gas y de paso echarme una meadita.
—En cambio yo me las tengo que
arreglar con una estufa eléctrica que consume una barbaridad y apenas si
entibia la pieza. Bueno, ahora es menos problemas porque quedé solo.
—¿y qué te pasó en la pierna?
—pregunta el gordo dando las últimas sacudidas con ahínco.
—Un accidente. La saqué barata,
pero…
—¿Pero, qué? ¿Alguien quedó
dañado?
—¿Dañado?
—Sí, ¿después de ese accidente,
alguien la pasó mal?
—¿Mal? —inquiere mientras se
levanta el cierre de la bragueta.
—Bueno, que no la sacó tan barata
como vos, digo.
—Ni dañada ni malherida.
—Ah, bueno. Menos mal que solo
fue tu yeso en la pierna —dice el gordo a modo de despedida desde la puerta del
baño de la estación.
—Muerta, quedó. Muerta y todo por
mi culpa —y se deshace en llanto.
—Oh, discúlpame, muchacho
—retorna y le coloca una mano sobre el hombro.
—¡No me toque!¡No se me acerquen!
Pregúntenle a ella que vio todo. Yo quise frenar, pero el tipo se nos vino
encima y lo encaré con la moto y ella no llevaba casco y… —se detiene—. Ya lo
saben. Pegó en el cordón con la cabeza y no podía moverme, la pierna…y la
ambulancia y el tipo se escapó. Tenía una capucha, no le vi la cara, era ágil,
muy ágil y ella está muerta.
—Dejame que te ayude —dice el
gordo—. Vamos hasta el bar y charlamos.
—Cómo para predicador de almas
estoy; déjeme, hombre, siga su viaje que nadie podrá sacarme la culpa. Yo la
quería, sabe ¡cuánto la quería! Y nos íbamos a casar. El año que viene, ella
quería tener tres hijos, yo también —suspira—. Veníamos de la clínica cuando
pasó. El médico nos acababa de decir que ella nunca podría quedar embarazada,
que fuéramos pensando en adoptar un niño, total, nos dijo, hay tantos chicos
desprotegidos y ustedes lo pueden amparar. Vamos, le acepto un café.
—Claro, muchacho, es bueno
desahogarse, confiar en otro, sacarse de adentro lo que nos pesa y te digo de
una, dejá de culparte, será el destino, será el azar, vos no tenés la culpa de
nada, reaccionaste como dice el manual. En última instancia, la culpa la tiene
quién escribe esos manuales.
—No, qué va. A esos tipos tenés
que tirarle la moto encima y meterle una bala en la cabeza —arma un revolver
con su mano y lo lleva a la cabeza del gordo—. Muerto el perro, curada la
rabia.
—Te equivocás, muchacho. La rabia
crecerá como un río embravecido y te llevará puesto a vos y a los autores de
los manuales que decís.
—Es que no podemos quedarnos de
brazos cruzados.
—Claro que no; dale, entremos al bar, vamos a aquella mesa que está en el rincón; intentaré ayudarte para que al menos no te sientas culpable de una muerte. El dolor lo llevarás siempre, el tiempo lo suaviza, nadie te devolverá a esa mujer, pero sí esa mujer, el recuerdo de ella, puede enseñarte a que a veces transgredir los manuales salva tu vida y te salva de que pasés el resto de tu vida en el encierro.

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