Por fin alguien
viene y me invita a contar sobre mi abuela. Claro, me lo tuve que guardar toda
la vida, porque las abuelitas son buenas, las que cuidan de nosotros, nos aman
más que a sus propios hijos, pero nadie se atreve a decir lo malditas que son
algunas abuelas, por lo menos a mí me tocó una que es una verdadera hiena, con
perdón del animal. Les cuento: Cuando mi madre, que en paz descanse, salía a
trabajar al interior, así me decía: a hacer la moneda, me dejaba en su casa.
Íbamos a toda marcha por esas calles de tierra con los bolsos a cuestas porque
mi madre podía tardarse una semana o un mes o un año y cuando volvía era una
pobre mujer golpeada, lastimada, con magullones y casi siempre borracha. Su
madre, o sea mi abuela, que no le deseo que descanse en paz, le sacaba toda la
ropa, la hacía un bollo, la llevaba al fondo del patio, la rociaba con kerosene
y la quemaba. Luego llevaba al baño a mi madre y con agua helada la enjabonaba,
como si fuera una niña. Yo la miraba, quería ayudar y me decía chinita de
mierda, rajá de acá, que estas cosas no te importan, todavía. Qué le iba a
contar a mi madre de las cosas que me hacía esa vieja de porquería. Me acuerdo
el primer día que me llevó a su casa. Ese día mi mamá estaba contenta, me había
regalado una muñeca grande, una Barbie de ojos azules como la hija de la casa
donde ella hacía la limpieza. Allí le regalaban la ropa que no usaba la chica y
yo la olía y me la ponía y quería ser como ella. Se lo dije a mi mamá y ella me
dijo que qué me creía que yo había nacido con bosta entre los dedos de los
pies. No entendí eso de la bosta entre los dedos, bueno, ahora sí lo entiendo,
pobre mamá. Llegué a la casa de abuelita, feliz. Cuando mamá se despidió, me
dio un beso, me dijo que abuelita me mandaría esos días al colegio y patatín y
patatán. Apenas cerró la puerta, la vieja me agarró de un brazo, me llevó a la
piecita donde vivió encerrado mi abuelo loco hasta que murió, mocosa de
porquería, acá vas a saber lo que es bueno. Abrió el bolso, sacó toda la ropa y
cuando vio la muñeca la tiró al piso y saltó sobre ella, la destrozó, crujía y
tuve tanto miedo que ni siquiera lloré. Si así fue la primera vez, ni quiero
contarles las cosas que me hizo hacer esa mujer. Yo le digo vieja de mierda,
pero tendría cuarenta y cinco años, cincuenta, más o menos la edad que tengo.
Un día llegó la policía a la casa y le avisó que mi madre estaba en la morgue,
que la encontraron muerta en un basural. Yo tenía doce ya, entendía, ya me
había besado con Felipe, pobre chico, las cosas que me tuvo que aguantar. Así
que me quedé a vivir con mi abuela. Un par de días me consoló, me decía
huerfanita, qué será de tu vida, que ella iba a ser mi hada madrina, que nada
me faltaría y me puso sobre su falda y empezó a manosearme, a tocarme las
tetitas, a pasarme la mano por ahí abajo, a que yo le tocara el zorro, vieja de
porquería. Fijate cuántos años tuve guardado el secreto.
Estoy esperando
que venga mi hija a dejarme a Laurita, mi primera nieta. Me dijo que traería una muñeca hermosa que le
regaló el nuevo novio que tiene.

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