Conmovido aún por la noticia de la muerte de Carlos G., me urge cerrar este ciclo existencial para entrar en otra dimensión, exaltar su memoria, magnificar su recuerdo. Para recuperar los mejores e intensos momentos vividos en estos casi cincuenta años de amistad, si acaso podemos llamar amigos a quienes sobrellevaron décadas de silencios y distancias, pero que a cada reencuentro se fundían en un abrazo eterno. No es fácil escribir sin que la emoción se entrometa, empañe la visión y nos saque de la hoja, nos arrastre a los instantes cruciales de la vida. Más allá del hombre admirado que supo ganarse un lugar en la plástica de la ciudad con proyección provincial y asentar su nombre en salones nacionales, quienquiera que contemple uno de sus dibujos o composiciones no dudará en afirmar su pertenencia, su signo distintivo. Su obra está diseminada entre los amigos. Claro que en las paredes de mi casa cuelgan varios de esos cuadros, cada cual encierra un mundo, un microcosmos con el que podemos dialogar por horas, penetrando en los trazos seguros, plenos, que nos movilizan, nos inquietan. Ahí están el inmigrante con su bolso al hombro, la entrada al conventillo, más allá los trazos duros del payaso ausente, el náufrago en la isla del mar, el compadrito bailarín de fondas ancladas en el pasado. Se fue Carlos, claro; el cuerpo se cobra los excesos, los desvíos hondos, las búsquedas desesperadas, la necesidad que tiene un artista creador de soportar las afrentas cotidianas del poder que hicieron mella en la plenitud de su obra, que ahí quedó, trunca, allá por mediados de la última década del siglo pasado. Desde ahí se alejó de pinceles, exposiciones, galerías o reportajes, incluso del atelier, de su oficio de maestro, nada, apenas acompañar de tanto en tanto a alguno de sus seguidores, algo suelto por ahí porque Carlos entró en la dimensión del silencio creativo, como si hubiera entendido que habría dado todo y hubiera recibido una respuesta definitiva. Queda una imagen que refleja toda la personalidad de este gran hombre, gran artista que nos dejó porque sus pulmones malheridos no soportaron la entrada del bicho que vino a poner un paréntesis en la soberbia humana. Una imagen que intento dibujar con palabras, últimas imágenes del postrer encuentro, Carlos como ausente, como que ya toda su obra no le perteneciera, no hubiera sido él quién la consumó, como que eso hubiera ocurrido en una época inexistente, que a él solo le quedada seguir, como un motor en marcha, que se va con la inercia de los meandros del andar existencial hasta que se acabe, ya como que estuviera sobrado de tiempo para el examen al que fue sometido, que entregó su obra al jurado de la historia y se fue, a esperar que lo vengan a buscar para llevarlo a otra dimensión. Esa es la idea que ronda la memoria, no alcanza para descifrar la profundidad de su mirada, no por lo que dice de su vivacidad, sino de su ausencia, de ya estar sin estar acá, apenas como para sostener el abrazo del otro, su sonrisa, repetirla para no desairar, aunque él ya querría estar en otro lado y hubiera sido desleal si por su mano hubiera apurado la partida. Es la mirada vacía del hombre que lleva colgado el bolso en la serie de Los Inmigrantes. Es la misma que se apropia de los ojos de todos los moradores del conventillo, obra de 1992: El conventillo, donde el cielo es el único espacio libre. La mirada del sin sentido, del no saber para qué se está acá, que al final uno se vacía de sueños, de cansancios, ensaya el último paso, deja el bolso en la puerta de entrada, sube las escaleras hacia lo alto del rincón de los despojados de la tierra y que queda ahí, sentado en esa isla imaginaria, con un lápiz en la mano, dibujando en el aire las utopías que lo sostienen y lo condenan a mirar con los pupilas abiertas, negras, ya sin brillo vital, brillo altivo de alcohol, brillo nuevo del llanto, a dejar que la vida te lleve, y así irte. Carlos dejándonos en la conmoción de no haber podido arrancarle un nuevo entusiasmo a su creador, exhausto de búsquedas y elogios. Viene un recuerdo contundente. Cuando el inicio del ostracismo en galerías, cuando me confiesa que ya estaba esa ruptura de las formas, con esas mezclas de conceptos, de materiales, esa voracidad para meter en un cuadro todo. Que sean otros los que me interpreten, me dijo; yo no lo sé, ni sé por qué dejo que la mano construya sobre el lienzo. Todo lo que cabe en ese universo expresa algo, y él no sabría decir qué, nunca lo supo, que se hartó de que le preguntaran qué había querido significar con esa expresión, con ese trazo, con esa composición del color. Ahora sí me explico esas expresiones en las miradas de tus personajes, miradas anticipatorias de lo que reflejaría su creador en las postreras instancias de la vida. Aquella vivacidad del joven descubriendo los intersticios por donde se filtraban los sueños transformadores. Esa vivacidad de expresar en un trazo un mundo nuevo, un sueño de humanidad redimida, a los golpes que la vida asentó. El poder omnímodo del terror fue apagando ese brillo para depositarlo en los ojos del inmigrante, que llega al mismo lugar de donde partió y acabará solitario, aguardando una marea que lo envuelva en un abrazo oceánico. Carlos se fue, te fuiste. Acá quedan tus retratos, tus serigrafías, tus xilografías, ojalá que lo que nos depara de vida aun nos ofrezca el maravilloso, mágico momento en que esas miradas sinsentido recobren el brillo de aquellos ojos jóvenes que nos arrastró por caminos de búsqueda de libertad.

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