Patoruzú

En la calle Tablada, a media cuadra de la 9 de julio, vivimos dos años, como veníamos viviendo en otros domicilios y en posteriores. Dos años de alquilar, y nuevos hermanos, la necesidad de una casa más grande. Veníamos de las quintas, árboles, pájaros, acequias. En esta casa de la ciudad teníamos un patio grande donde nuestro padre armó su huerta. Rápidamente nos hicimos de amigos en la cuadra y en el colegio Vélez Sarsfield, que nos quedaba apenas a unas cuadras. En ese entonces, mi literatura era las revistas de historietas, no todas ni las más importantes. Por ejemplo, el Eternauta (que circuló entre 1957 y 1959, o sea, en esos años de la calle Tablada) nunca pasó por mis manos. Me gustaba Lupín, DARTAGNAN, pero sobre todo Paturuzú y Paturuzito. Por supuesto que el Billiken era nuestra fuente de consulta, de recortes, de estudio y recreación. Un vecino, un hombre que en ese entonces podría tener la edad de mi abuelo, no sé cómo se enteró, pero un día nos invitó a mi hermano y a mí a su casa. Recuerdo que esperamos en lo que sería el living, unas tres casas de la nuestra, y de pronto apareció con una pila de revistas Patoruzú de los primeros números. ¡Qué tesoro! Piezas únicas que se las recuerda con los trazos fisonómicos y corpóreos de los personajes todavía no en su formato definitivo. Serían diez revistas, los primeros números de la colección. Con qué fruición las habremos leído, qué orgullo tener semejantes riquezas. Seguramente las leímos porque también esa era la única literatura de mi padre. No recuerdo haberlo visto con un libro de lectura; sí, con diarios o revistas de actualidad, pero no con una lectura sistemática o sobre un tema en particular.

Supongo la alegría para un escritor incipiente el recibir una colección de cuentos fantásticos o cosa parecida. Mi único testimonio en la materia es éste, y no precisamente de alta literatura, pero la nobleza de Patoruzú, la fealdad y coraje de Patora, la simpleza de Ñancul y de la Chacha y sus riquísimas y humeantes empanadas, la severidad de Don Cañones, la inocencia de Upa, el tarambana de Isidoro, y sus criaturas: Patoruzito, Isidorito, creo que marcaron caracteres y uno tenía siempre la preferencia. Además, después, uno puede llegar a comparar a Patoruzú con Don Quijote, claro, salvando las distancias. 

 

Comentarios