Rodolfito, el presidente

Esta mañana me acordé de Rodolfo, el Rolo, uno de los compañeritos del primer grado inferior A de la Sarmiento. Después fue un andar cada dos años de una casa de un barrio a otra casa de otro barrio y en cada escuela que recalé quedaron otros nombres en el recuerdo.

El flaco Rodolfo vivía en la otra cuadra de mi casa de la calle La Rioja. No sé qué hacía el padre, es posible que haya sido zapatero. 

Ese día la señorita blanca y larga, hermosa e inalcanzable, con su voz salida desde los libros, desde ese mundo increíble para un niño de cinco años, recorrió los pupitres preguntando cosas, qué quisiéramos para nuestra familia, con qué soñamos, hasta que hizo esa pregunta central.

—¿Qué querés ser cuando seas grande, Rodolfito?

Y Rolo, largo, flaco, se levantó como un resorte y dijo con toda la boca:

—Quiero ser presidente, señorita.

La seño se rió, le desparramó los cabellos castaños, le dijo que para eso… bla bla bla y seguimos con los números, las letras, la escarapela, sonó la campana y salimos al recreo.

Desde ahí me queda esa imagen del Rodolfito exaltado desde su banco, manifestando su deseo futuro de ser el presidente de todos. Para qué aguarle ese momento con lo difícil que es llegar a ese cargo; que para eso hace falta una serie de virtudes, aunque la vida tal como la hemos vivido nos demostró que a cualquier papanata puede calzarse la banda presidencial.

No entraremos en ese ámbito porque si me quedo ahí ya no podré sentarme a comer un  pizza con el Rolo en la esquina de la plaza; dejemos que cada cual ponga acá o allá los preferidos, los que son afines, los que sienten que son de su palo; creo que soy demasiado rojo, demasiado insoportable, no me banco a los oligarcas, a los ricos avaros, a los mentirosos, a los corruptos, a los..., no; no es por ahí que debo ir, a quién le importa lo que pienso o siento cuando en realidad  de lo que se trata es ver cómo nos fue con la historia del Rodolfo y su deseo de ser presidente porque la vida nos arrastra, nos lleva de acá para allá y allá fuimos y mejor ni hablar de toda el agua que pasó debajo del puente carretero de la ciudad, hasta que tras todo lo que pasó volvimos una mañana a la ciudad que nos vio nacer, cerca del colegio donde el Rodolfito pronunció aquel deseo memorable, por qué será que uno no se puede olvidar de esas cosas, y cerca de la plaza, en una esquina, supe que era él, ya grande, cuarenta años después, un hombretón gigante, torpe, entre medio de bicicletas y colchones, y no pude desprenderme de la idea que ya me había hecho, estaba seguro que Rodolfo sería alguna vez nuestro presidente, pero no, ahí estaba en la esquina comercial donde antiguamente hubo un negocio con nombre en inglés de la ciudad que nos habita, Fourth River y sentí pena por él y por mí porque siempre quise tener un amigo presidente. Así que entré al negocio y le dije quién era, y le conté lo del presidente y me miró como diciendo por qué me estás cargando, ya ni me acuerdo, me dijo, quise ser piloto de avión y apenas si puedo ser dependiente de este negocio vendiendo bicicletas y colchones a los más chetos de la ciudad.

Mentira, todo esto no ocurrió,  lo estoy inventando, estoy haciendo un embuste con Rodolfo, el Rodolfito del primer inferior A que quería ser presidente, que no sé lo que yo quería ser, no tenía muchos referentes todavía, después sí, la vida se encarga de ponerte en tu lugar, nunca pensé en ser presidente, hay que levantarse temprano y acostarse tarde, hay que ser muy dispuesto, ya me lo dijeron, cualquiera puede ser, pero mejor bajemos un cambio, dejemos que nos recorran las historias, que al Rodolfo lo perdí de vista hasta que un día el Grunchi me comentó, el pobre Grunchi que se acaba de ir (la peleó muchos años, ya casi era insufrible vivir así), él me dijo:

—¿Te acordás del flaco Rodolfo?

—Sí, claro, el presidente.

—No, ahora es peluquero, peluquero de damas, digamos un coiffure y tiene novio y todo, parece que se van a casar,

—No me jodás, Negro, que el Rolo no era de esos que patean con las dos.

—Sí, no patea con las dos, pero le gusta cargar por…

—No, eso no se puede decir.

Hay que comportarse, caramba, hay que reconstruirse, hay que rehacer los conceptos y está bien, claro que es así, cuando pasé por la peluquería del Rolo no me animé a entrar, qué sé yo, se ve que todavía me falta un toco para reconfigurar mi mirada de las cosas, y fue el acabose cuando una tarde en una calle vi que su novio lo llevaba de la mano.

—Andá —me dije—, así se frustran los presidentes.

Qué tendrá que ver, solo se trata de dejar que salgan las cosas mientras espero  que el mozo me traiga el plato del día, siempre vengo acá, a comer el plato del día, pero no sé si me va a gustar, albóndigas con puré, almóndigas decía la tía Ana, pobre tía Ana, si me viera escribiendo pavadas mientras desde mi espacio actual alcanzo a divisar su casa y el molino de ayer, fue la época en que conocí a Rodolfito, cuando quería ser presidente,  cómo no me voy a acordar si andaba por ahí soñando con ser algo, no sé si podía soñar con ser presidente porque eso ya lo había soñado el Rolo y yo era su amigo y a los amigos no se le quitan los sueños, al contrario, después supe que los amigos son aquellos que nos ayudan a concretar los sueños.

 

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