Derrotas, de esas inolvidables, más grande incluso
que la afrenta total que sufrieron los bosteros en el Bernabéu (sí, claro, fue
un golpe mortal a la soberbia de los hermanos de la Boca. Desde ahí se les
acabó el goce y solo les quedó la letanía: son de la Beee, de la Beee, pobres),
más imponente y de largo aliento fue la caída estrepitosa de nuestro equipo de
barrio, con la camiseta de Supermercado El Parque. Debo decir que aun piso el
verde campo de juego, que como veterano he ganado campeonatos, hemos descendido
de categoría, he marcado goles y auto vencido mi valla. Ya se sabe, se gana o
se pierde y siempre el sábado próximo tendremos la posibilidad de revancha.
Pero aquella derrota (no quiero decir cuántas décadas han pasado ya), aquella
afrenta en manos del equipo de Frenos W tuvo el puntapié inaugural de las
consecuentes derrotas en otros campos de juego, el terreno del amor, los vahos
de la creatividad, lo fugaz de lo económico, los inventos frustrados, los
propósitos truncos. Cuántas veces fracasamos, nos derrotó el tabaco, hasta que
un día le ganamos, más allá de las secuelas que nos advertirán por siempre de
su paso por nuestros pulmones.
Es que no fue un amistoso más. Fue el primer partido
en el que nuestro equipo del barrio vestiría camiseta con auspicios, pantalón
haciendo juego y botines Sacachispas. Entrábamos en un campeonato de todo el
barrio, más precisamente Banda Norte. Todavía los trenes andaban la patria.
Entre el parque y el sector del barrio y las cuadras del colegio cruzan las
vías del ferrocarril. A su costado en la explanada de más de cien metros,
terreno ferroviario, los chicos de las cercanías del colegio armamos la
canchita. Ahí jugábamos, hicimos el equipo, hacíamos amistosos con los chicos
de la vuelta, con los otros del otro lado de la avenida, partidos parejos, con
grescas, insultos y pedradas, con la cancha marcada a la que te criaste.
Ganamos un par de amistosos, memorable el triunfo frente al equipo de turno
tarde del colegio y ya nos envalentonamos. Tengo que nombrarlos porque ellos
son, todos somos los propietarios de aquella derrota: el Jorgito Sánchez, el
Scamperti de los mocos colgando, los hermanos Domínguez, mi hermano y yo, el
Raúl Gutiérrez, Rojitas, el chueco Mansilla y, por supuesto, el Gordo Robledo.
El Negro Gutiérrez ya jugaba en las inferiores de
Banda Norte y nos dijo del campeonato de Papi futbol en el club. Que
necesitábamos un auspiciante y sentimos que el gordo Robledo era del equipo,
(malo el gordo, ni para el arco servía), el hijo del dueño del Supermercado El
Parque. Don Robledo nos compró las camisetas, seguro que también pagó la
inscripción y el miércoles, en cancha iluminada y marcada con cal, fue el
debut. Ocho equipos se habían anotado en dos zonas y en el fixture debutamos
contra el equipo de Frenos W, de los chicos de la Chocancharava, del caserío
pobre a orillas del río. Nos habían dicho que eran bravos, que tenían un
arquerazo y un centro delantero al que había echado el ojo Estudiantes, pero
por cuestiones de clase no lo incorporaron.
Primera vez en la vida que había un árbitro en
nuestro juego, con los jueces de línea y el altoparlante que anunciaba el
encuentro, con los nombres y apellidos de los titulares, y su director técnico
y preparador físico. Por supuesto que, el nuestro, era don Robledo, el papá del
Gordo.
Ahí estaba nuestra hinchada: los padres, las
hermanas, algún tío, hasta un amigo de otro barrio. Qué compromiso.
Fue el pitazo de inicio; una tromba ingresó a
nuestro campo de juego y a los diez segundos nos clavaron el primer gol. El
técnico más o menos nos había aleccionado sobre los puestos en el campo,
algunas jugadas preparadas, cosas así. Sacamos del centro, no recuerdo si
alcanzamos a dar un pase al delantero nuestro, que los contrarios nos quitaron
la pelota, hicieron pases, mareaditas y jugadas exquisitas, ni vimos cómo
llegaron al área y nos clavaron el segundo.
Para qué seguir. Para qué contar que perdimos diez a
cero. Nos pasaron por encima. Entendimos que jugar al futbol era otra cosa, que
ser equipo era algo más que el entusiasmo de correr detrás de la pelota, que una
cosa era ganarle a los pataduras de la avenida, o a los troncos del turno tarde
que a estos bólidos. Qué derrota, mamita. Cómo afrontar los próximos partidos.
Fue duro, jugamos un par más, los perdimos sin tanto estruendo y decidimos que
nunca más participaríamos de un campeonato así. Devolvimos las camisetas y
seguimos divirtiéndonos todas las tardes en la canchita de los terrenos del
ferrocarril. Adiós, Supermercado El Parque, pero al gordo Robledo lo seguimos
contando en los picados de la tarde.

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