Acá tengo la llave y sonrío. La cerradura abre hacia la izquierda, había colocado la puerta patas arriba, se recicló todo lo existente. La casa será arrasada, ya vendrán las topadoras, las máquinas siniestras a arrancarla del lugar, a despedazarla para que la soja o el maní crezcan entre sus cimientos. Y al pisar el estucado rojizo aún intacto uno no puede dejar de retornar a sus orígenes, al rancho del puestero, a la casa donde un tío soltero recibía a las mujeres del tren, esas que se descolgaban ahí, en las vías que corren a la vera del campo, en medio de la pampa gringa, y era un servicio sexual para la comarca. Y luego el abandono. Mientras, mantuvo su hidalguía de rancho, sus techos de chapa, con tirantes de pinotea aun intactos, las paredes perforadas por los picos de los carpinteros, nidal de ratas, culebras y con los cimientos horadados por las mulitas, los peludos. Los últimos moradores fueron los chanchos, a eso llegó la casa: un chiquero, un comedero de cerdos, un albergue para los lechoncitos.
Y vino la reconstrucción, y se blanqueó a
la cal, se pintó una a una con los colores de las pinturas al agua, se
arreglaron los desagües y conexiones, luz solar, agua de molino y heladera a
gas, sin luz de red alcanzó y sobró la pantalla solar para iluminarla; una casa
que cobijó sueños, que fue hogar. Y sí, claro que duele saber que van a
matarla, que en poco más solo quedará el recuerdo, nada. Esto da para mucho más
que tres mil caracteres, da para empezar a abrir roperos, cómodas y muebles, a
vaciar estantes, a rescatar las cosas, a quedarse leyendo su historia. Hay que
ir de a poco desencajando las vivencias de cada una de las habitaciones. En sus
paredes cuelgan los recuerdos y cuando se abren los cajones de las mesas de luz
se ven los lápices de colores, los fibrones y los dibujos de los nietos, de
aquellos que eran pequeñitos y era una aventura impagable pasar unos días en la
casa de campo de los abuelos, cultivar la huerta, el aroma de pan casero, el
horno de barro y la aventura de galopear hasta el arroyo de los cuises y los
pumas.
La casa ya no pertenece a la familia y el
nuevo dueño del campo nos dijo que hiciéramos lo que quisiéramos, que total, ya
se sabe, él necesita la tierra para los granos valiosos. No hay apuro, pero no
tenemos el tiempo del mundo para vaciarla.
Dejar que caigan los recuerdos, que
conserven la vida que transcurrió debajo de esos techos. Techos de chapa acanalada
que en invierno no había forma de parar la helada.
Cuántas humanidades duermen en el
desamparo, o doblegan sus espaldas para alcanzar el alquiler de lo que nunca
será suyo y esta casa será arrasada, con todas las mejoras que nuestra estancia
allí le agregó. No es esto lo sustancial, es dejar que salgan las mejores cosas
del dolor o de la ausencia. No será nostalgia la que impera, es poner en valor
lo vital de una casa.
Ahora tenemos que sacar un ropero de esos
que se compran en las compraventas; no servía, pero era para reciclarlo y allí,
con las herramientas propias del lugar se lo pudo dejar en pie, y ahora hay que
desarmarlo, llevarlo al desguace o rescatar sus cajoneras.
En el rincón del living quedó la biblioteca
con los libros que fueron despreciados en la primera selección, y en el estante
de arriba la colección de la Ñ con la que las ratas han hecho su festín,
simétricamente cortadas las revistas, comidos sus bordes superiores, aunque el
contenido impera y vaya uno a saber si nos agarra la nostalgia o acaso se
destinan al fuego inicial de alguna salamandra.
Pocas cosas quedan adentro. Cortázar se me
ríe, me indica que, como el personaje de su casa, tire la llave en el pozo del
molino y no mire por última vez, que deje atrás la mampostería, antes de que
las topadoras quieran secuestrarme los recuerdos.

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