Andaría por
los siete, ocho años, de pantalones cortos y en la libertad de una quinta a las
afueras de la ciudad.
Fue, en la
entrada de la quinta de los Roldán, la caída de un carancho por un certero
hondazo. Ahí, en la curva rumbo al autódromo, frente a Las Ferias Álvarez o
Fossatti, un árbol en esa especie de plazoleta de ingreso, y el pájaro asentado
en las ramas. A decir verdad, era otro pájaro, una urraca, un carroñero
también, a los únicos que destinábamos nuestros pétreos proyectiles, a
excepción de palomas caseras, medianas y turquitas o una furtiva perdiz. A los
demás, habíamos aprendido a respetarlos, sobre todo al pajarito de la virgen,
blanco inmaculado. Entraban en la veda absoluta, gorriones y pititurrias,
chingolos y horneritos, golondrinas y cotorras. Voltear un pájaro semejante
como una urraca fue una hazaña inolvidable, un triunfo de caza mayor. Salir disparado luego de ver cómo el pájaro
se desplomaba a tuerra y comprobar que la piedra pegó justo en la cabeza que si
no la urraca hubiera levantado vuelo como fastidiada de esos humanos atrevidos.
Claro, era
emocionante salir de noche con la linterna, debajo de los ligustros y siempre
verdes, buscando el claro pecho de una paloma. Quietecitas, estaban a tiro de
nuestra mortífera puntería. De día, era un azar, pescarlas en un caminito o
paradas en el alambre o en una rama seca, a corta distancia. Debo tener alguna
muerte culposa. Alguna vez cayó bajo el disparo un pájaro de muerte prohibida.
El dolor de la culpa todavía anda el algún vericueto del alma. No nos vamos a
delatar. Quizás fue un disparo ocasional, un tiro al aire que pegó donde no
debía. Ahora le llamaríamos daños ocasionales, pero lo cierto es que la honda,
de gomas de cámara de bicicleta y cuero de lengua de zapatos colgaba todo el
día libre desde el cuello, alerta al vuelo de una paloma. Qué placer tener en
nuestras manos una paloma caída por un disparo de honda, La pelábamos, la
limpiábamos y le exigíamos a nuestra madre que la pusiera en un guiso, que la
cocinara. Más arriba puse perdiz y debo confesar que jamás pudimos siquiera herir
en el vuelo rasante y sorpresivo de ese animalito de vuelo bajo y chirriente y
de carne apetecible.
El desafío mayor era alcanzar alguna paloma
casera y cuando íbamos a la quinta de los Ostanello, que las criaban que tenían
sus palomares,, era salir a hurtadillas en busca de algún disparo, pero debo
confesar que tampoco las tuvimos a nuestra merced, siempre fue un sueño,
alcanzar una paloma en vuelo, o allá en lo alto de las ramas. Recién cuando un
día llevó la carabina el Carlos al campo, con certera puntería, con mira
telescópica, fueron diez o más las que cayeron al piso y fue un escabeche de
paloma, que aún recuerdo haber comido con pasión atrasada desde la infancia.

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