Andaríamos por
el año 1969, 1970. Estaba en Córdoba y eran frecuentes los viajes a la ciudad
natal. Tenía un pase gratis en la empresa TUS, quizás un viaje mensual. Más de una vez habré viajado de ida y vuelta
en la famosa COLTA. Otras veces sería en vehículos con la familia de otros estudiantes
y muchas, muchas veces era volver a dedo a Río Cuarto. Nos habremos quedado sin
un mango y no había otra opción. Allá nos esperaba la familia, la buena comida,
alguna noviecita, todavía no habíamos cortado el cordón umbilical. Quizás esa
experiencia haya sido la que motorizó el viaje posterior un año después, a dedo
por el país y una parte de Brasil. Había mucho menos prevención en los
conductores. Jóvenes en la vera de la ruta, haciendo dedo, no era un peligro ni
despertaba sospechas. Un hoy sigue siendo un gesto solidario, aunque lo hayan
llenado de temores.
Lo del Valiant
azul fue un hecho increíble y, por supuesto, inolvidable.
Estaba
haciendo dedo a la salida de Córdoba para Río Cuarto, en la parada habitual,
metros más delante de la plaza del barrio Flores. Anochecía. Un vehículo moderno
se detiene, el hombre me hace señas y subo, adelante, de acompañante. Empezamos
a conversar, sobre su oficio, sobre mis estudios. Más adelante paramos a tomar
un café y me pregunta:
—¿Sabés
manejar?
—Y… sí —le
digo—, algo he manejado.
Debo decir que mis lecciones de conducción
tuvieron un final abrupto. No se lo dije, sentí que mentía sin consecuencia.
—Bueno, tengo
sueño, mirá, los cambios son así, las luces…
Ahí nomás se
bajó, me bajé, cambiamos de ubicación y con sus indicaciones seguí por la ruta
nocturna.
Ahí nomás el
tipo se durmió y seguí como sabiendo manejar, sin percances, si no, no estaría
contando el cuento, y llegamos a Río Cuarto.
Iba con cierto
temor, algo de tensión, pero con esa decisión o intrepidez de los años
juveniles. Era un vehículo de fácil conducción, simple, rápido aprendizaje de
los juegos de luces, del freno, de los cambios, habré puesto o estaba la radio
encendida y cuando quisimos acordar estábamos en la entrada de la ciudad. Allí
el tipo se despertó, me dijo que entrara unas cuadras así me quedaba más cerca
de mi casa. Paré cerca del tanque de
agua, nos saludamos y el hombre
inconsciente, siguió su viaje hacia Mendoza.

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