Parece absurdo,
irreal. Una vez por mes o cada quince días, no lo recuerdo, los presos
políticos de la Penitenciaria, presos ambos miembros de una pareja (matrimonio,
concubinos que demostraran convivencia anterior) teníamos lo que en el código
carcelario se denomina visita higiénica. No era para lavarse juntos los pies y
las axilas. Era aún el período de Isabel. 1975. Los beneficios incluían esta
visita. Íbamos a un pabellón especial, como un hospedaje de una estrella, con
habitaciones (enrejadas por supuesto, como en cualquier casa u hotel), allí nos
asignaban una habitación que contaba con una cama ancha y probablemente con una
mesita de luz o una mesa con un par de sillas. Seguramente deberíamos llevar la
ropa de cama y toallas. Las habitaciones quedaban sin llave para poder salir a
los baños comunes para todas las celdas de ese pabellón especial. Allí
ingresábamos al atardecer y nos regresaban a nuestros respectivos pabellones a
la mañana siguiente. Llevábamos el mate, algo para comer, regalos, intercambio
de libros, para leer, compartir. Y entre dos parejas nos organizábamos para, en
algún momento ya cerca de medianoche, juntarnos para la cena. La más apoteótica
fue un asado. Habremos combinado para que uno llevara la parrilla eléctrica o
el horno eléctrico, otro la carne, la ensalada, los cubiertos, el postre. El
olor a asado alteraría a las otras parejas que, seguramente para la próxima
visita no dejarían de imitar. Solo para contrastar las bondades o atrocidades
de dos regímenes carcelarios, en democracia o en dictadura.

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