Esa mañana de
agosto/septiembre del 75 tendría un ingrediente especial. En el recreo matinal
nos encontraríamos con los presos políticos que habían sido trasladados desde
la Cárcel de Encausados a la Penitenciaría. Sabíamos que eran una docena o más.
Los llevaron al pabellón de abajo, al seis, la noche anterior, así que los de arriba nos
enteramos por las vías habituales de comunicación entre los compañeros de ambos
pabellones. Algunos tenían sus amigos, sus conocidos. No recuerdo si entre esos
nuevos había alguno que conociera de antes. Salimos y lo primero fueron los
abrazos de encuentros entre allegados, las ruedas de charlas, de risas, de
ponerlos y ponernos al tanto de sus vidas.
Ya pasado el primer momento de efusiones, cada cual seguiría con el
disfrute de esas horas al aire libre, si es que el aire del patio de las
cárceles conserva ese don. Caminando por un sector del patio donde no se
interrumpiera el partido habitual de futbol, veo venir a una cara nueva que me
resultó conocida, como otras que alguna vez pudimos cruzarnos en una marcha, en
una manifestación, en una casa. Cuando el susodicho me reconoce, tez morena él,
se puso lívido. Nos saludamos con un estrechón de manos y con dificultad me
pregunta cuánto tiempo llevaba en la cárcel. Le digo desde qué fecha y en un
estado de conmoción me pregunta:
—Y vos, ¿todavía
vivías en esa casa del barrio San Fernando?
—Y sí, era mi
casa, ahí me detuvieron.
Su silencio
fue elocuente. Todo lo demás cobró luz sin palabras. Entonces, no había sido la
tarea de inteligencia de la policía (sobre la que se había concluido como la
razón de nuestra detención. El interrogatorio interno merece otro capítulo
aparte)
Él había
marcado una casa a la que alguna vez concurrió en la idea de que sus moradores
ya no vivirían más allí. Él había conducido a la policía marcando la casa.
Después habrá sido sometido al interrogatorio de los compañeros, habrá sido
juzgada su conducta, su debilidad, se le habrá dado una sanción, no sé. Es de
suponer mi bronca a la vez de la risa que nos habrá dado dar por tierra con
todas las especulaciones sesudas respecto a mi detención. Esto era parte de las
posibilidades. Con el tiempo habré vuelto a hablar con el Negro y es de
imaginar su sentimiento de culpa. Luego, ya en instancia judicial, la carátula
de la causa está encabezada por él, y Julia y yo como partes de la misma. No
hay nadie más, ni antes ni después. No hubo más caídas y la causa judicial fue
cerrada al poco tiempo. Más allá del momento de indignación, de bronca, de
impotencia por semejante confesión, con el tiempo no me ha quedado otra que
hasta agradecerle aquella delación, si es que cabe ese sentimiento, porque
seguramente los hechos posteriores hubieran conducido a un final que me estaría
impidiendo hoy recordarlo como apenas un hecho destacable. Este hecho, como
otros recurrentes, los he querido dejar para otra oportunidad. Tal vez por no
estropear su trascripción en palabras hasta tanto no estar con un ritmo y una
decisión en firme para tomarlos y darles, además de su carácter testimonial, una
dosis de riqueza literaria sin apartarme mayormente de la verdad de los hechos.
Queda asentado como un acto de voluntad.

Comentarios
Publicar un comentario