Cuando llegaron ellos, entre otros menesteres tapiaron las ventanas.
Literalmente, sellaron las celdas como un féretro, una tumba. No debía quedar
resquicio por donde se filtrara la vida. El sol era imaginado en lo alto y las
estrellas habían desaparecido del firmamento. No eran tiempos para poesías.
Menos aún para que los girasoles buscaran su fuente de luz. El fatídico Pabellón
ocho de la vieja Penitenciaría tenía grandes celdas, cuadradas o rectangulares,
con una, dos o tres ventanas grandes (enrejadas por supuesto) que daban a un árido
patio de tierra donde hasta marzo nosotros y ahora los presos comunes hacíamos nuestros
recreos. El patio tiene la forma de un boomerang, así es que cuando se arma un
partido de futbol no es precisamente un rectángulo el que delimita el campo. De
alguna manera se las ingenian y nos ingeniábamos para que los arcos quedaran
bien ubicados para un aprovechamiento total del espacio. Demás está decir que
los arqueros se enteraban de un gol de su equipo por los gritos, no por los
ojos.
Desde ese árido patio llegaban las voces de presos sociales, con su partido
de futbol.
Había una hora especial, probablemente cerca del mediodía, quizás a la siesta, que por un raro fenómeno
lumínico se proyectaban a través de un caño de desagüe a ras del piso,
comunicante con el patio, las imágenes de los jugadores sobre la pared que daba
al pasillo. Cualquier entendido en el arte de la fotografía o de las imágenes satelitales,
podría explicar científicamente el fenómeno. Lo cierto es que esas sombras
magnificadas y vivas eran la expresión de la libertad que se metía por un
agujero. Dibujos animados de sombras, proyectados por el sol, penetraban
sorteando la requisa vejatoria y se apropiaban de una sucia pared, sólo para
expresar que el afuera aún tenía movimiento. Como una necesaria digresión,
cuando niño también solía ver reflejado en las paredes de mi dormitorio, la
imagen de los vehículos que transitaban la siesta ciudadana, siesta que tampoco
había escogido voluntariamente.
Hubo otros espejos, que merecen párrafos propios.
Cincuenta años después tengo el derecho a dudar si aquello fue una visión
de sombras o una pura sombra de la imaginación.
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