El marroco no
es un pan cualquiera. Es el que se hace en la panadería de las cárceles. Se
inicia su preparación a eso de las seis, cuando los internos de la panadería
acuden a su trabajo cotidiano. Es posible que mucho antes alguna cuadrilla haya
dejado la masa leudando y los hornos adquiriendo temperatura.
Llega a la
celda como a las nueve, o quizás a las diez de la mañana. Humeante, aromático,
apetecible. Y ahí comienza la historia.
Antes de la
toma de la Penitenciaría por parte de los milicos, el marroco llegaba si no sin
pena ni gloria, sí con indiferencia. La fajina del pabellón lo recibía y
quedaba en la celda donde se hacía la ranchada para ser servido durante las
comidas.
Pero cuando
llegaron las tinieblas y se cortó todo contacto con el mundo exterior, lo único
que se comía era el rancho carcelero. El mate cocido con leche de la mañana, el
rancho del mediodía y la escasa cena, generalmente sopa. Daría para un largo
hablar acerca de las particularidades de esta alimentación.
El marroco era
traído a los pabellones mucho después de haberse repartido el mate cocido. No
tendría nada de particular esta cuestión horaria si no fuera por la tremenda
importancia que adquiría, en esas infrahumanas condiciones, un pedazo de pan.
Siendo justos y dejando hablar a las circunstancias, no era un pedazo de pan
vulgar y silvestre. Eran las manos blandiendo un redondo pan, pesado,
apetitoso, esperable como lo más. Era el pan nuestro de cada día. Pan hecho a
mano por supuesto no eran todos iguales de tamaño. Por eso la fajina diaria, el
fajinero elegido rotativamente por la ubicación de la cama, se encargaba de
administrar un poco de justicia, y en mitades o cuartos equilibraba la dieta
para zanjar odiosas diferencias.
Luego del
meticuloso proceso de equidad panera, los veinte compañeros de la celda ocho
hacíamos la fila y recogíamos el preciado tributo; a algunos les tocaría un pan
entero; a otros, dos mitades, y hubo que a muchos les tocó recibir cuatro
cuartos, algún día de mucho desequilibrio. No pregunten de dónde salía el
cuchillo equilibrador que eso es secreto de algún canuto tumbero.
Y desde ese
momento, cada uno de esos veinte hambrientos iniciará su rito del pan. El más
previsor cortará el pan en cuatro partes. Comerá un cuarto con el rancho del
almuerzo. Por la tarde se sentará en su camastro y deglutirá hasta la última
miga de un segundo cuarto. Tomará la sopa de la cena con un tercero y se
guardará el último cuarto para el mate cocido de mañana, para envidia y codicia
de los que lo manducaron en otros ritos y se quedaron con las manos vacías.
Corre el riesgo de que entre la patota militar y arrase con todo, pisotee ese
pan y otros y con suerte pueda recuperarlos, despedazados.
Otros, entre
los que me cuento, apenas lo recibimos caliente y blando, nos sentaremos en el
piso y en una ceremonia solemne nos comeremos enteramente el marroco, de
principio a fin, claro que rogando que no aparezcan los “patriotas” y quedemos
con el pan atragantado.
Alguna vez la
solidaridad de otro nos propició un trozo de su pan para hacer un sándwich, un
bocado inolvidable. Entre los ingredientes pobres del rancho solía aparecer un
pedazo gordo, amarillento, suculento, de grasa. ¡Ah! esa grasa ensanguchada fue
una de las delicias inolvidables de la dieta carcelera en esa celda de
exterminio.
Metódicos, voraces, oportunistas, cambiantes, cada cual es dueño de su pan, equilibrado y será una fiesta de principio a fin. Nunca más se comió un pan así.

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