“La pampa tiene el ombú…” Me acordaba de aquellos papelitos con que Coquín,
el tío protector e inocente, liaba los cigarros. Y luego aprendí a usarlos para
armar los míos en la época de restricción y economía. Fueron esos mismos
papeles, papel de arroz, papel finísimo, de combustión, lenta los portadores de
todo lo que ocurría paredes adentro de la Penitenciaria de Córdoba cuando los
militares la convirtieron en un campo de exterminio.
Esos papeles, en letra pequeña, en minúsculos trazos furtivos, llevaban la
cronología del terror. Varias veces me tocó pasar los textos borradores, con
birome de trazo fino, a esos papeles que doblados hasta el tamaño de una
aspirina eran envueltos en nylon protector, sellado de humedad y olores, y
salían con alguna “paloma” rumbo a su destino de denuncia testimonial. Quizás
esos “caramelos” fueron a dar a tierra con la “paloma” Sin embargo, muchos
llegaron y armaron una historia siniestra.
El ombú, librito de papel, nunca encendido. Incombustible.
Un día comentaron que habían llegado a la OEA y fue imaginar los traslados,
las etapas, las transcripciones.
¿Habrán quedado guardados como certificados de autenticidad?
Si es así, reconoceré mi letra azul, prolija, pequeña, urgente.
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