Tal vez esta
apostilla marque, como muchas más, las diferencias sustanciales que existían,
dentro de las cárceles, antes y después del 24 de marzo de 1976.
Corría el 75.
Ya la represión dominaba la escena. Declaradas ilegales algunas organizaciones,
otras pasadas a la clandestinidad, Isabel y López Rega alimentaban los grupos
paramilitares, las torturas en las centrales de policía llegaban hasta la
muerte, pinzas y controles, allanamientos y atentados, muertes en supuestos
enfrentamientos. Sin embargo, dentro de las cárceles, y en la Penitenciaria de
Córdoba en particular, el clima era más bien distendido. Los presos políticos
gozábamos de muchos beneficios impensados para esa época. Había un diálogo
constante con las autoridades del penal, las organizaciones seguían sus cursos
de formación, de entrenamiento, de discusiones internas. Manejábamos nuestra
propia cocina y hacíamos cumplir todos los tratados nacionales o
internacionales sobre el trato a dispensar a los presos políticos.
Podríamos decir que, salvo la libertad ¡menuda falta!, todo lo demás hacía
soportable el encierro, máxime para quienes ya teníamos cercanos los
sobreseimientos, y estaba en vigencia el derecho a opción de salir del país en
libertad. En ese marco, es que nos encontrábamos los miércoles al atardecer en
el cine del penal, con las compañeras presas en el pabellón 14. Era un
encuentro para ver cine. Sí, señor.
El cine estaba
en la planta baja, en un salón a mitad del pasillo central de la cárcel. En
frente, había celdas individuales, para los presos comunes aislados.
Seguramente por condiciones de salud, o comportamiento, o cuidado de los
mismos, permanecían en lo que era un régimen preferencial.
En la penumbra de la función, muchos de
nosotros aprovechábamos para estar con nuestras esposas presas, algunos para
seguir con un noviazgo trunco en libertad y otras y otros para intentar una
relación nueva, algunas de las cuales fructificaron y al poco tiempo les fue
autorizada la visita higiénica, peyorativa manera de nombrar el encuentro
sexual.
Es posible que
pocos y pocas hayan seguido la trama del film. Seguramente Federico Bazán sí, y
luego nos la relataría a quienes estuvimos ocupados en otros menesteres.
Llevábamos el termo con los mates, intercambiábamos revistas o cartas, ya que
las requisas eran muy permisivas y no hubiésemos permitido que nos prohibieran
el traslado de cosas que estaban legalmente autorizadas.
Después,
cuando oscureció el tiempo y la muerte se había enseñoreado del penal, era
Federico quien nos hacía ver con los ojos de la imaginación, con su
extraordinaria capacidad de contar una película, las escenas más dramáticas o
jocosas de los films inventados o solicitados. Seguimos con noches de cine,
para otra historia.
Y
disfrutábamos de esos semanales encuentros, cargados de entusiasmo, de
expectativas. Los que teníamos la compañera presa era estar esas horas hablando
de nosotros, de nuestra hija, del futuro, novedades de la familia, situaciones
que por un momento nos hacían olvidar del encierro. Otras y otros encontraron
la ocasión de entablar un acercamiento, o continuar algo empezado en libertad.
Habría que meterse entre ese gentío joven, bullicioso, que lo menos interesado
que estaría es en ver la película que, dicho sea de paso, no sería una de
fuste, una de la que estábamos acostumbrados a ver en el cine Simbras o en el
Ángel Azul. Pero viéndolo a la distancia, cincuenta años, aun se conservaba
cierto respeto por el otro, la vida valía, era una circunstancia pasajera y el
trato en general contribuía a que la falta de libertad no fuera una sensación
oprobiosa. Claro, nadie la puede imaginar si no la vive. Parecería que en esas
circunstancias ni siquiera para una película se tendría ánimo, pero hay que
entender que nuestro cautiverio tenía un ingrediente especial, no estábamos ahí
por haber cometido delitos o crímenes. Eran por nuestras ideas, por lo que
pensábamos, por lo que queríamos de la sociedad y del mundo. Y ese es otro
cantar. La cárcel era un lugar para seguir creciendo, formándose como militante
y como ser humano. Después, poco después vinieron los genocidas y ya no hubo
cine, ni visitas, ni mates, ni luz, ni goce. Hubo golpes y maltrato permanente.
Ya lo dijimos muchas veces: El cine continuó desde la cama rinconera de
Federico, a la noche. Eso fue uno de los hechos que nos salvó de la destrucción
y la locura.

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