Inaudito primer chancho

Sería hacia fines del 78. Había pasado el mundial. Ya a los presos nos habían acomodados en nuestras respectivas categorías de recuperabilidad. Quiero suponer que yo había anclado en un pabellón de mediana “peligrosidad”. Tenía más beneficios que algunos y mucho menos que otros. Era, en el concepto de la autoridad carcelaria, un subversivo recuperable.

 Tal vez en prueba de ello, o por merecimiento, a cada preso de ese pabellón, nos tocó pintar nuestra celda. Una tarea de ese tipo, en medio de la rutina carcelaria, se la puede tomar como un beneficio. Es una distención, una actividad física y uno la emprende con agrado.

Brocha y pintura, me puse a la obra, mientras el guardia cárcel permanecía en el pasillo, aburridísimo, sin proferir una palabra, ni un gesto, ni ordenar tal o cual acción.

–Acá tiene, pinte —pueden haber sido sus únicas palabras.

Solo yo estaba pintando en ese momento la celda en ese pabellón. Es de a uno la cosa, no sea cosa que se les vaya de la mano la situación.

El empleado me merecía cierta consideración. No se presentaba con las bravuconadas propias de los que llamábamos las guardias “brígidas”, más bien estaba como ausente, esperando que pasara su horario de encierro.

 Habitualmente, a una hora de la tarde, entra el guardiacárcel de turno en el pabellón y a la voz de ¡Mandados! los presos desde sus distintas celdas, hacen bajar una banderita de chapa avisando que tienen un mandado por hacer. También esa banderita se la usa  durante todo el día por si hay una urgencia o una solicitud puntual, como un aviso al empleado carcelero quien generalmente permanece fuera del pabellón.

Así, en esos minutos de mandados, van y vienen entre las celdas desde alimentos, dibujos, un libro, un mensaje. Un regalo de cumpleaños. Todo legal, por supuesto, nadie se arriesgaría a pasar algo prohibido, corriendo el riesgo de que suspendan el beneficio de los mandados por una semana o más. Son minutos donde reina horonda la solidaridad. A veces el mandado lo hacían nuestros propios presos, elegidos de las primeras celdas; otras veces eran mandaderos fijos; a veces eran los mismos guardiacárceles. Terminado el tiempo, se acaban los mandados hasta el día siguiente.

Estando en mi tarea de pintura, ya habían pasado los mandados y como no me quedaba yerba le pedí al compañero de la celda vecina, quien me la proporcionó. No tengo registrado cómo fue el hecho. La cuestión es que continué con mi tarea y una vez finalizada, me lavé las manos, encendí el fuelle para calentar el agua y tomarme unos matecitos. Estaba en eso cuando, se abre mi puerta y el mismo empleado custodio de mi trabajo de pintor, me dice;

 —Número cincuenta y dos, prepare el mono, va a pabellón de castigo.

Me imagino que le habré preguntado la causa.

—Por haber hecho un mandado fuera del horario permitido.

Mi asombro, la recriminación a mi estupidez de creer que el otro podría ser permisivo, no encontraba un caso similar. Una vez dada la orden no hay atenuantes. En la colcha envolví todas las pertenencias. Quedaron en la puerta de la celda y el guardia me condujo en silencio al pabellón de castigo, a los famosos chanchos, celdas aisladas con solo un camastro y un hueco para las necesidades biológicas, un colchón y frazada que se retiran a la mañana, sin cigarrillos, sin otra ropa, sin duchas, sin otra comida que la del rancho. Supongo que la falta no era grave y que habré tenido la pena más baja, una semana, tal vez menos. Las faltas más graves eran las largas, treinta días en el chancho, extensibles si cometías alguna infracción en el castigo: encontrarte acostado fuera de horario, trepado al ventanuco intentando comunicarte con el exterior, fumando un cigarrillo que, aún en esas condiciones de encierro la solidaridad del otro es capaz de alcanzarte.

Esta es la anécdota, apenas.

Lo que ocurrió dentro del chancho fue significativo, no encuentro una mejor palabra. Fueron días de profunda reflexión, de cuestionamientos por ciertas acciones, las dudas que merodeaban en mi conciencia, la idea de abandono, de no querer saber nada con riesgos, en fin, fue un momento, varios días que no contaba con un compañero a quien decirle de los miedos o ideas mientras dábamos la ronda en el patio de recreo. No por nada se tiene tan vívido ese tramo de la cárcel, una voz de alerta que se fue acallando hasta adquirir la serena conciliación con el momento histórico que nos tocaba vivir.

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