El redondo pan del desayuno acaba de entrar, al pabellón once, ausente de los acontecimientos.
La mañana nos trae la certeza del golpe anunciado; los
encargados de la fajina del día ya han preparado las tazas para el café con
leche en la celda que funciona como cocina. Uno a uno, los presos nos vamos
enterando de la novedad. Algunos llegan con sus radios para no perderse
detalles, barajando las posibles consecuencias que traerán a nuestras vidas de
prisioneros.
El estado de sitio y la suspensión de las garantías
constitucionales provoca la desazón en aquellos que estábamos pronto a ejercer
el derecho de opción de salir del país. Los procesados se enteran de inmediato
de su paso a disposición del Poder Ejecutivo y todos concluimos en aceptar que
no recuperaremos la libertad en lo inmediato.
Los presos de mayor jerarquía política entablan una
comunicación con las autoridades del penal. Nada saben aún, les dice el
alcalde; no tienen orden más que suspender las visitas de familiares y abogados
y la entrada de paquetes con alimentos, ropa o dinero. Además, quedamos
incomunicados y se suspenden las dos salidas al patio de recreo.
La vida en el pabellón
once continúa en una simulación de normalidad. Una tensión inerrable se va
apoderando de los ánimos y los más previsores o experimentados se vuelcan al
desarrollo de las comunicaciones alternativas con el resto del penal. De uno de
ellos surge la idea de “encanutar” libros, cigarrillos, una radio, objetos de
valor. Las “palomas” empiezan a volar entre los pabellones y la tibia
solidaridad de los presos sociales desde los patios arroja paquetes o noticias.
Las manos son teletipos urgentes con mensajes hora a hora
más desconsoladores. La cadena nacional impuesta a la prensa oral acerca los
comunicados de la junta militar, aunque se pueden pescar en el dial otras
versiones, acaso menos alentadoras. En cada celda, que albergan desde cinco a
veinte detenidos políticos, se discute la situación, siguiendo con las
actividades de gimnasia, estudio y recreación hasta dónde es posible. El carro
del rancho, descartado por nosotros hasta ahora, vuelve a entrar al pabellón
con la ración carcelera.
Nos retiran los calentadores y se suspende el servicio de
la cantina y la tarea diaria de nuestros fajineros.
Lentamente el ahogo es mayor. Hace tres días que no se abren
las puertas de las celdas; sólo una hora a la mañana y otra a la tarde, para
caminar por el pasillo, usar los baños y conversar entre nosotros. Las paredes
se transforman en un vehículo de comunicación con los golpes en clave Morse. El
aislamiento crece. Nos prohíben la apertura de las ventanas.
Al natural encierro viene esta vigilia de enclaustramiento
total, de futuro impredecible. Los guardiacárceles se muestran temerosos,
multados de hablar con los presos, aunque alguna palabra se les escapa, para incrementar
nuestra incertidumbre. El miedo está instalado en el aire. La cárcel entera
semeja un cementerio.
—Estamos a salvo —dicen los más optimistas en comparación a
las noticias de muertes y desapariciones que traen los mensajes de las manos y
correos aún vigentes.
El ruido del cerrojo de la reja de entrada al pabellón es
el último signo de vida exterior al apagarse las luces del penal.
Intentamos, con variada fortuna, conciliar el sueño.
Murmullos entre las camas corren de boca en boca. Alguna risa ahogada. Algún
cigarrillo sobreviviente pasea su llamita en un rincón donde cuatro o cinco
insomnes comparten pitadas. Poco a poco el murmullo cesa y hay que ver cómo es
en silencio de la cárcel en la noche.
Un estampido de rejas, un tropel de botas y gritos irrumpe
a las dos de la mañana en el pabellón.
Empieza la negra etapa con los militares al mando de la
cárcel.
Basta por ahora enumerar los muertos en la Penitenciaria,
pero conviene rescatar los múltiples recursos a que echamos mano los
sobrevivientes para salir, al menos con vida, de este inaugurado campo de exterminio.

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