La mañana del 24 de marzo

El redondo pan del desayuno acaba de entrar, al pabellón once, ausente de los acontecimientos.

La mañana nos trae la certeza del golpe anunciado; los encargados de la fajina del día ya han preparado las tazas para el café con leche en la celda que funciona como cocina. Uno a uno, los presos nos vamos enterando de la novedad. Algunos llegan con sus radios para no perderse detalles, barajando las posibles consecuencias que traerán a nuestras vidas de prisioneros.

El estado de sitio y la suspensión de las garantías constitucionales provoca la desazón en aquellos que estábamos pronto a ejercer el derecho de opción de salir del país. Los procesados se enteran de inmediato de su paso a disposición del Poder Ejecutivo y todos concluimos en aceptar que no recuperaremos la libertad en lo inmediato.

Los presos de mayor jerarquía política entablan una comunicación con las autoridades del penal. Nada saben aún, les dice el alcalde; no tienen orden más que suspender las visitas de familiares y abogados y la entrada de paquetes con alimentos, ropa o dinero. Además, quedamos incomunicados y se suspenden las dos salidas al patio de recreo.

  La vida en el pabellón once continúa en una simulación de normalidad. Una tensión inerrable se va apoderando de los ánimos y los más previsores o experimentados se vuelcan al desarrollo de las comunicaciones alternativas con el resto del penal. De uno de ellos surge la idea de “encanutar” libros, cigarrillos, una radio, objetos de valor. Las “palomas” empiezan a volar entre los pabellones y la tibia solidaridad de los presos sociales desde los patios arroja paquetes o noticias.

Las manos son teletipos urgentes con mensajes hora a hora más desconsoladores. La cadena nacional impuesta a la prensa oral acerca los comunicados de la junta militar, aunque se pueden pescar en el dial otras versiones, acaso menos alentadoras. En cada celda, que albergan desde cinco a veinte detenidos políticos, se discute la situación, siguiendo con las actividades de gimnasia, estudio y recreación hasta dónde es posible. El carro del rancho, descartado por nosotros hasta ahora, vuelve a entrar al pabellón con la ración carcelera.

Nos retiran los calentadores y se suspende el servicio de la cantina y la tarea diaria de nuestros fajineros.

Lentamente el ahogo es mayor. Hace tres días que no se abren las puertas de las celdas; sólo una hora a la mañana y otra a la tarde, para caminar por el pasillo, usar los baños y conversar entre nosotros. Las paredes se transforman en un vehículo de comunicación con los golpes en clave Morse. El aislamiento crece. Nos prohíben la apertura de las ventanas.

Al natural encierro viene esta vigilia de enclaustramiento total, de futuro impredecible. Los guardiacárceles se muestran temerosos, multados de hablar con los presos, aunque alguna palabra se les escapa, para incrementar nuestra incertidumbre. El miedo está instalado en el aire. La cárcel entera semeja un cementerio.

—Estamos a salvo —dicen los más optimistas en comparación a las noticias de muertes y desapariciones que traen los mensajes de las manos y correos aún vigentes.

El ruido del cerrojo de la reja de entrada al pabellón es el último signo de vida exterior al apagarse las luces del penal.

Intentamos, con variada fortuna, conciliar el sueño. Murmullos entre las camas corren de boca en boca. Alguna risa ahogada. Algún cigarrillo sobreviviente pasea su llamita en un rincón donde cuatro o cinco insomnes comparten pitadas. Poco a poco el murmullo cesa y hay que ver cómo es en silencio de la cárcel en la noche.

Un estampido de rejas, un tropel de botas y gritos irrumpe a las dos de la mañana en el pabellón.

Empieza la negra etapa con los militares al mando de la cárcel.

Basta por ahora enumerar los muertos en la Penitenciaria, pero conviene rescatar los múltiples recursos a que echamos mano los sobrevivientes para salir, al menos con vida, de este inaugurado campo de exterminio.

 

 

 

 

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