Paloma ingeniosa que atraviesa muros y
distancias.
Paloma insistente, peligrosa, se arriesga al
fogonazo artero.
Sin ella, se nos hubieran extinguido los alientos
y hasta los sueños.
Sin ella, no se habrían activado los instintos
vitales poderosos para aguantar hasta que acabe el suplicio.
En su pico lleva los mensajes urgentes, trae las
noticias esperadas, traslada con riesgo la carga prohibida.
Cuántas veces la paloma echa a volar y el hilo
sostenedor de su mensaje se corta y da por tierra con toda la carga.
O es tomada en su vuelo por las manos que
castigan y es vuelo frustrado. Cómo es posible que en su débil pico se eleve un
kilo de azúcar o un paquete de tabaco.
Cómo es posible unir barrotes distantes con tu
vuelo.
Palomas por lo alto, palomas que trepan, palomas
que bajan. Palomas que aletean manos y hablan sin descanso. Palomas, por fin,
que no dejan de andar, que se mezclan con las ratas, sortean sus mordiscones e
interrumpen su reino de tinieblas.
Hay viajes peligrosos. Y otros, absurdos. Como
cuando la paloma entra al corazón de las cloacas por el hueco del inodoro y
allí, con paciencia, se engancha de otra que se ha lanzado desde el ala de
enfrente. Con el abrazo, se entabla una amorosa y perdurable relación de ida y
vuelta, lleva y trae desde un hueco a otro, mensajes, alimentos, noticias,
alientos y esperanzas.
La paloma rompe barrotes, atraviesa muros, es una
mano extendida, prolongando las manos de los esposados. Es una boca abierta
hablando por los amordazados. Son pies libres andando por los prisioneros. Al
fin y al cabo, siempre habrá una paloma que encuentrará las manos.
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