Los locutorios
o salas de visitas cambian según las cárceles. De hecho, en el primer período
de la Penitenciaria de Córdoba, las visitas se realizaban en las propias
celdas, es decir entraban al pabellón y cada cual organizaba la charla, los
mates, la merienda, en su cama, se juntaban las visitas, eran como una visita
general, distendida. Sí, había una celda preparada o dos para las visitas
privadas. Alguien podría hablar de ellas porque eran muchas las esposas,
compañeras, concubinas o simples amigas que visitaban a los presos en esas
circunstancias.
Pero en el
periplo posterior, la cosa ya no era tan comunitaria ni íntima. Las visitas en
la cárcel de Sierra Chica se hacían en la capilla del penal. La recuerdo a un
costado de la entrada, amplia, un salón de muchos bancos enfrentados, donde los
presos hacíamos un grupo con nuestros familiares al lado de otro y otros, donde
podíamos tocarnos, acariciarnos, abrazarnos, al llegar, durante y cuando la
visita se iba. El mismo ámbito de la capilla hacía que la conversación se
hiciera en voz baja, respetando la intimidad del encuentro del preso con sus
familiares. Nada podíamos llevar, nada podían entregarnos la familia en ese
momento. La puerta abierta de la capilla, los empleados en el ingreso, hasta
que avisaban del término del encuentro, el retorno a la celda y el largo viaje
de regreso de la familia a sus ciudades o pueblos.
En La Plata ya
la visita era sin contacto físico. Locutorios con un vidrio de por medio, los
familiares sentados apretujados desde el otro lado, comunicándonos por el hueco
del vidrio, separados por mamparas con el locutorio vecino, haciendo difícil la
comunicación y por supuesto, nulo contacto físico con la familia.
En Caseros,
más moderno, los familiares entraban al corazón de los locutorios. Los veo como
una forma circular u oval, o con curvas. Del lado externo de esa barra
divisoria con vidrios, tal vez haya habido alguna hendija, pero no, recuerdo a
mi sobrinita Marcia parada junto al vidrio del otro lado mientras veíamos a los
demás presos y familiares diseminados a lo largo de esa barra con formas
irregulares donde probablemente entraran cincuenta o más presos con sus
familias. Nos veíamos las caras, no una caricia, un beso, un contacto físico.
Tengo la idea de algún micrófono o algo parecido en alguno de los locutorios.
Me queda la impresión de que en La Plata había de dos tipos, pero son datos a
confirmar. Aunque parezca mentira, aún en esas condiciones, poder tener al
frente a nuestros padres, hermanos, familiares directos era un soplo de
libertad.
Generalmente,
las visitas eran de una hora. Había días para hombres y otro para mujeres,
aunque salvo en La Plata, en todas las demás entraban juntos hombres, mujeres y
niños. Después era retornar al pabellón, a la celda, a quedarse con esas
vivencias intensas, a comentar con el compañero de celda, a ponerse a escribir
una carta para que saliera al día siguiente, con la euforia de esa visita con
los seres queridos que daban fuerzas para seguir. Visitas con pedidos, con
reclamos con preguntas, con cuidado de lo que se hablaba pues era sabido que
todo estaba controlado, que habría micrófonos secretos, aunque eso pudo ser una
mera especulación de preso.
D todo el
largo periplo y distintos escenarios nos quedamos con la primera visita a
Sierra Chica, en esa capilla, con Laurita con apenas dos años, luego de un
viaje accidentado, que pudo ser tremendo, fatal. Fue saber que todos estaban
vivos y ellos pudieron verme y saber que aun la vida era posible. Después empezaríamos
a pensar en la libertad.

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