Ping Pong en Caseros

A la nueva cárcel de Caseros tuvimos el honor de inaugurar, entre otros traslados, el contingente que veníamos del penal de La Plata, luego del traslado urgente desde Sierra Chica. Merece varios capítulos la llegada allí. Anoto solo esta apostilla pingponglera.

Entre otras comodidades que teníamos en este nuevo penal, era su patio de recreos. Inmediatamente uno se remonta y recuerda al patio de recreos del colegio de la infancia. Pero no. Es un transpolar funesto y tramposo.

Decía patio de recreo. Un moderno salón, uno para cada piso del penal; vivíamos en un edificio de alturas considerables, con una terraza cubierta allá por el piso dieciocho, uno después de las mazmorras, donositas, limpiecitas, prolijas, silenciosas, aisladas, con puertas y candados. Pabellón de castigo debajo del monumental gimnasio del piso superior.

De cada peine de celda individuales, cuyas paredes de fondo eran medianeras con otra celda, celdas de las películas norteamericanas, tres paredes de cemento y una de rejas, los dos peines confluían en el baño y por su exterior se accedía al patio, cada peine por su respectivo pasillo. Para entrar al salón, iluminado con luces fluorescentes, con simulacro de ventanas pequeñas cerradas con vidrios por donde se veía un retazo de celeste o gris, de acuerdo al tiempo meteorológico. Veo las columnas delimitando los espacios. Columnas rodeando el salón y a su exterior, girando en conversaciones, los presos que no son afectos a los juegos de ingenio, de pensamiento o de habilidad física. Ahí van conversando sus cuitas, sus cajeteos, sus menudencias, mientras fuman o comparten un mate móvil. Dentro del perímetro delimitado por las columnas, al fondo, hay una mesa de ping pong. Entre las columnas hay bancos y mesas de madera con juegos de damas, dominó o ajedrez. Una hora de recreo por la mañana. Otro tanto por la tarde. Quiero ser condescendiente. Tal vez haya sido media hora por día. Seríamos cincuenta presos, veinticinco por ala, que nos veíamos las caras solo en ese momento. Antes, en el resto del día, nos imaginábamos cada cual es su espacio de reclusión abierto a los ojos celadores.

Y ahí se armaban los grandes campeonatos de ping pong, simple o por pareja. Qué despliegue de energías, qué pasión. Cómo se esperaba esa hora para el desquite, o para terminar la partida inconclusa. Uno de los favoritos era el gallego Galicia, otro el doctor cirujano Marcos, de origen judío, el pelado imbatible. Habría otros maestros, pero estos dos eran Seniors. Yo no era del montón, me destacaba. Hasta es posible que les haya ganado algunas veces a los maestros del ping pong. Sería lindo juntarnos con el Gringo y rememorar aquellos campeonatos, sin copas, sin premios, de orgullo nomás y como todo juego, una simulación de libertad. Otros eran cerebrales, ajedrecistas, serios, no transpiraban la camiseta y otros, como jubilados en las plazas, mataban el tiempo con un dominó. Los más intelectuales leían. Ninguno nos preguntábamos por el sol de las plazas. Ese sol que no veíamos, que no nos calentaba, que su ausencia en nuestra piel fue cobrando precio, tema de otras apostillas, una que englobe todo lo que fue Caseros hasta su implosión.

 

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